Siendo consecuente con su idea del mundo, un amigo decidió cambiar de barrio y llevar a su hija a un instituto cuya variedad étnica le aportaría una educación plural en un entorno cosmopolita. La cosa le ha salido rana. Hoy critica que en el patio no hablan euskara y lamenta el nivel académico de la chavala. Por supuesto culpa a la Consejería del incumplimiento del milagro. Y es que nos gana la poesía hasta que llegan las matemáticas. O sea, la realidad. Y no se puede tener todo.
Me he acordado de él ahora que van a regularizar la situación de unos 40.000 extranjeros en el mapa de Bonaparte – vivan los eufemismos -, que se sumarán al casi medio millón establecido ya aquí de forma legal. Suponen cerca del 20% de la población, y en algunos sitios más del tercio. Cifra arriba, cifra abajo, no hace falta tragarse la teoría del gran reemplazo para admitir que cierta transformación social es impepinable. ¿Recuerdan el asesinato de Miguel Ángel Blanco como si fuera ayer? Pues en ese ayer el porcentaje apenas alcanzaba el 1%.
Al hilo de ello, leo y oigo que todo serán ventajas, una obviedad en el caso de los beneficiados. A nadie le gusta vivir como un ciudadano de tercera. Lo asombroso es leer y oír que también será así para el resto, sin una sola mención a su influencia en, por ejemplo, la política lingüística. ¿En serio somos tan ilusos? Repito: no se puede tener todo. Y, ojo, no cabe achacar la responsabilidad a esos nuevos vecinos, que bastante tienen con salir adelante, y a ver qué vasco aprende en Dublín gaélico. Tal vez no haya nada que imputar a nadie. È un mondo difficile e futuro incerto. Pero autoengaños, los justos.