Irán anunció el viernes al mediodía que se reestablecía el paso libre por el ya famosísimo Estrecho de Ormuz, por el que circulaba aproximadamente el 20% del petróleo mundial antes del ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, al menos mientras dure la tregua a la que han llegado los tres países. Inmediatamente, en cuestión de minutos, el precio del petróleo, que maneja varios indicadores pero que tiene en el precio del barril de Brent al más mencionado, cayó un 12%, de 96 dólares por barril a 86.

Otros días, cuando las noticias han sido las contrarias, las subidas de precio han sido también enormes, lo mismo que ha sucedido con otras materias como gas o productos químicos, así como bonos a largo plazo, etc, etc. Mientras, usted y yo, aquí sentados a miles de kilómetros, lo que hacemos es pagar religiosamente el precio de la gasolina, del gasóleo, disparados desde el 28 de febrero, así como de los muchos productos relacionados o a los que los llamados mercados han decidido cargar el encarecimiento.

Ahí tenemos por ejemplo al Euribor, que cerró febrero en el 2,22% y que está en el 2,68%, una subida que habrá pillado a quienes revisaban su hipoteca en marzo o abril y que supondrá unos cuantos cientos de euros más anuales. No me digan que no es fantástico esto de la globalidad.

Claro, si podemos comprar vestidos a 10 euros, baratijas a 1 y baratísimas montones de cosas hechas en países lejanos en a saber qué condiciones laborales pues normal que también nos tengamos que comer estos pasteles cuando los amos del cotarro deciden lanzarse las bombas sobre espaldas y cabezas ajenas vaya usted a saber en nombre de qué clase de libertad o ideales. Queda poco de eso en lo que creer, la verdad, visto el historial de prácticamente todos ellos. Veremos cuánto dura esta fase de aparente calma y esperemos que fructífero diálogo para poner fin a lo que nunca debió empezar de esa manera.