En el barrio de mi madre, a la puerta del súper suele haber muchos días pidiendo un hombrico, haga un sol de justicia o un frío castigador. Creo que es uno de los pacientes de un centro psiquiátrico que se encuentra al final de la calle.  

Cuando era pequeño yo vivía allí, frente a la tapia del manicomio. Ya por entonces, antes de que tiraran el muro y lo convirtieran en un centro abierto, a algunos internos les permitían salir solos durante unas horas. Los recuerdo con el pelo revuelto y los dedos amarillos, fumando como chimeneas cigarros que encendían cada uno con la pava del anterior. La mayoría eran tranquilos, caminaban arrastrando consigo tormentas que solo tronaban dentro de sus cabezas; también había alguno, como Chichi el amoroso, ingenioso y culto, que aseguraba, unos días, haber sido piloto de aviación y, otros, poeta laureado, y que para que constara en acta, nos amenizaba el viaje en villavesa hasta el centro de la ciudad con sus versos, que declamaba con voz estremecedora: “Manicomio de Villava / cementerio de hombres vivos / donde se doman los bravos / y te olvidan los amigos”; Lola la loca, por el contrario, nos daba miedo. Era una mujerona con el abrigo y las uñas de color rojo sangre y una espalda interminable, sobre la cual, contaba la leyenda urbana, soportaba todo el peso de la muerte de un hijo adolescente, a cuyo asesino buscaba por los patios de colegios e institutos de Pamplona

Pizza para compartir, en una imagen de archivo. Freepik

Todos provocaban en mí una mezcla de pavor y atracción. Me preguntaba cómo y por qué llegaban a averiarse esas cabezas, qué historias reales se escondían como donpimpones detrás de esos renglones torcidos de Dios. Y supongo que sobrevolaba mi mente la idea de que, en el fondo, a quienes estábamos a este lado del muro solo nos separaban unos metros de ellos y sus abismos.

Al hombrico del súper, de hecho, me lo encontré un día dentro, en la cola para pagar, y la cajera lo llamó por mi nombre -éramos, al parecer, tocayos-. Pero no fue eso lo que más me impresionó sino en qué gastó sus monedas. Yo nunca le había dado nada, creyendo que quizás fuera a emplear el dinero en algo que lo perjudicara, pero para mi sorpresa sobre la cinta dejó tres o cuatro botellas de cocacola y otras tantas pizzas

Lo vi salir de la tienda con una sonrisa fosforescente, cuyo resplandor ilumina todavía hoy mi corazón negro y malpensado, y alejarse levitando como un ángel por la acera, en dirección al centro psiquiátrico. Lo imaginé allí, compartiendo su compra con algunos de sus compañeros, en una fiesta pequeña y privada y que, sin embargo, redimía todos los prejuicios y recelos de quienes creemos habitar el mundo de los rectos y los cuerdos.