Recuerdo perfectamente el día que el portugués Carlos Lopes, una leyenda del atletismo –campeón olímpico de maratón en 1984– batió en Rotterdam el récord de la distancia más mítica. Aquel sábado de abril de 1985 paró el crono en 2.07:12, a una media de 3 minutos el kilómetro. Tres años más tarde, Densimo bajó hasta los 2.06:50 y su marca se mantuvo imbatida durante nada menos que 10 años. Desde 1985 hasta que en 2013 Kipsang lo dejara en 2.03:23 pasaron 28 años en los que el récord bajó 3 minutos y 49 segundos.

El domingo, en Londres, Sabastian Sawe bajó por vez primera en la historia de las dos horas y su crono se quedó en 1.59:30. Eso supone que el récord ha bajado 3 minutos y 53 segundos en apenas 13 años, la misma rebaja que entre 1985 y 2013 en el doble de tiempo. Esto nos lleva indefectiblemente a estar de acuerdo en que la llegada de una nueva generación de zapatillas en los últimos 10 años ha hecho volar a las nuevas generaciones de atletas, algo que por supuesto está permitido pero que de alguna manera modifica mucho el rendimiento que estos mismos corredores –que son auténticos portentos, ojo– obtendrían con otra clase de material.

No se trata de ponerle puertas al campo, ni mucho menos, porque los materiales siempre han mejorado, solo de constatar que las marcas que se están logrando en las carreras en ruta –5, 10, 21 y 42– tanto en hombres como en mujeres están muy marcadas por las prestaciones de unas zapatillas que por ahora no tienen cabida en la pista.

Así, los récords mundiales masculinos desde los 100 hasta los 1.500 tienen ya bastantes años y solo Cheptegi logró hace un lustro y por muy poco hacerse con los de 5.000 y 10.000. Bienvenida sea en todo caso la hazaña para el ser humano de bajar de las 2 horas en maratón, algo impensable hace 40 años y que seguramente no se habría producido de no haber mediado esta revolución del calzado.