Leches, mayo. A mi me gusta mayo. Creo que es porque me recuerda a cuando era niño y comenzaba el calor, que ya saben que, con prudencia, me encanta. Ahora, como el clima es una cosa que no la entiende nadie, ya hemos tenido un abril con temperaturas medias casi de junio (3 grados y medio más de media que históricamente y casi 6 grados más en las máximas, así que, posiblemente, no lo sé, el abril más caluroso de la historia desde que hay registros), por lo que no sé si mayo nos va a deparar un mes de abril o uno de julio o vaya usted a saber.

El caso es que ya esta aquí y con él llegan los exámenes y las comuniones y un montón de asuntos relacionados con San Fermín y el Giro y los finales de las ligas deportivas y las bodas a cascoporro y decenas de eventos. Es como si al personal le diera un parraque sandunguero y no hubiera un mañana, como si la sociedad entera se hubiese pegado ocho meses casi hibernando y fuera mayo, con este inicio festivo que siempre supone el día 1, el mes designado para quitarnos las ataduras y la murriez y lanzarnos a celebrar toda clase de cuestiones. No sé, a mi eso me gusta, ese cambio como de ánimo colectivo que se nota y que se plasma especialmente los fines de semana. Aunque, ya digo, llevamos ya unas cuantas semanas que los fines de semana, al menos en el centro de Pamplona, parecen San Fermín.

Y ya no les cuento con esto del tardeo, con la población de entre 40 y 60 echada a las terrazas y los bares viviendo una tercera juventud en algunos casos. Es un cambio sociológico tremendo. Ves a los veinteañeros comiendo helaos y a sus padres moraos a gintonics a ritmo de los Pet Shop Boys. Una cosa muy loca. Imagino que si nos ven desde alguna galaxia cercana o lejana tienen que alucinar con el tipo de vida que llevamos. No nos podemos quejar. De hecho creo que salimos tanto a la calle porque sabemos que esto hay que celebrarlo.