Aún sorprenden el funcionamiento interno de la política británica y su devenir en este primer cuarto de siglo por su singular concepción del liderazgo y la gestión del poder en el seno de las formaciones políticas. Asistimos estos días al cuestionamiento de la capacidad y continuidad del primer ministro laborista, Keir Starmer, desde dentro de su propio partido, pero esta se puede constatar como una tradición de su cultura institucional nada casual y sí recurrente.
Tony Blair, lastrado por la impopularidad de sus decisiones exteriores; Theresa May, superada por el laberinto del Brexit; Boris Johnson, acorralado por la falta de ejemplaridad; o la efímera Liz Truss, víctima de su propia temeridad financiera, comparten un denominador común: sus ceses han sido exigidos de modo implacable por sus propias filas. Este es un fenómeno que no se prodiga en la política europea y que sugiere una vertebración del poder erigido de abajo hacia arriba. En la arquitectura política del Reino Unido, el inquilino de Downing Street actúa siempre bajo la estricta vigilancia de su grupo parlamentario. Los denominados backbenchers –diputados sin cartera de gobierno– actúan como correa de transmisión de las inquietudes de sus distritos electorales, invirtiendo así la pirámide de lealtades. Se consolidan corrientes internas vigorosas y los partidos se dotan de mecanismos autónomos para exigir responsabilidad a sus cúpulas.
Es una rendición de cuentas permanente frente a la articulación orgánica imperante en otros modelos democráticos de nuestro entorno más cercano, de estructuras rígidamente piramidales, donde las direcciones acaparan, para empezar, el diseño de las listas electorales. Esta concentración de poder desde arriba hacia abajo genera dinámicas que tienden a priorizar la uniformidad y la obediencia debida sobre la pluralidad, cercenando la oportunidad de forjar consensos internos sólidos ante coyunturas críticas. La asunción natural de que las bases y los representantes electos posean la capacidad real de revocar el mandato de un líder que se aleja del interés general o del programa compartido es un recordatorio pertinente que habla de las virtudes de que los partidos sean instrumentos vivos que se asientan en el control de quienes, internamente en primer lugar, los legitiman.