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Ocurrió esta semana en una localidad navarra. Ocurre todos los días en cualquier punto del planeta cuando una persona se ve frente a una de las tareas más duras que hay tras perder al compañero o compañera de vida: recoger su ropa. Muchas aplazan sine die esta tarea, dejan que amigos o familiares se encarguen de vaciar el armario o, como nuestra protagonista, se suben a la escalera y comienzan a sacar prendas y más prendas pese a saberse acogotadas por una tristeza infinita.

El siguiente paso fue decidir qué hacer con todo aquello. Una vez descartado llevar las bolsas a la parroquia, la única solución que le dieron pasaba por el contenedor de textiles, pero no estaba por la labor. Tenía entre sus manos abrigos de calidad y casi a estrenar, camisas y pantalones recién planchados, toda suerte de buenas vestimentas que merecían una nueva vida y ser usadas por quien las necesitara.

Así lo contó cuando llamó a una ONG para ver si podían hacerse cargo de aquel legado. Con voz entrecortada, disculpándose por lo blanda que estaba al ser viuda reciente, reiteró su convicción de que la ropa de su esposo debía sobrevivir al hombre para el que la había comprado. Poco después alguien llegó a su casa con una furgoneta, cargo los bolsones y los llevó a una tienda de segunda mano.