Ando un poco como pollo sin cabeza, constatando que el cambio climático es tan real en sus consecuencias que no vamos a saber cómo solventar estos cada vez más frecuentes episodios de calor (y lo que vendrá con otras plagas que antes eran bíblicas, ahora propiciadas por el sector energético y los gobiernos débiles ante su presión lobbista). Sabemos quiénes provocan todo esto, cómo la desidia instalada en el gobierno de nuestro mundo impide además ver una salida razonable. ¿Tribulaciones? También constato que entre la guerra política y judicial queda poco espacio para la decencia libre de intereses. Se nos viene si no un cataclismo sí una serie de catastróficas desdichas. Me da que alguien se frota las manos (en los dos escenarios; suelen ser los mismos, creo).
Así que en estos tiempos atribulados prefiero quedarme admirando la enorme capacidad del reino vegetal para aguantar en un mundo como este, aunque se lo pongamos difícil. Están estas semanas las genistas con su exuberancia amarilla en los bordes de la carretera cantando a coro con los recuerdos de Serrat (que seguro las disfrutaba también en sus veranos en Viana). Yo siempre las conocí como aulagas, oí a veces aliagas.
O me fijo en los lugares humanizados como el otro día en la plaza de los Fueros de Lizarra, donde un balcón se coloreaba en rosa por las flores de sus geranios, una explosión que llenaba de luz la fachada. Los nuestros, los geranios de casa, están también revolucionados por el cambio climático, como si intuyeran que mañana puede ser tarde y se llenan de flores y frutos.
Quiero pensar que las plantas, que desde hace más de 400 millones de años están por estas tierras, están mejor preparadas para lo que nos viene que nosotros, una especie insolente y bravucona que pretende ser rey de la creación. Ni de coña.