El otro día, en Las Vegas, esa ciudad del vicio donde todo límite es un desafío, se celebraron los Enhanced Games, los Juegos Olímpicos de los esteroides ajenos a todas las leyes del deporte, la competición y la salud. Porque allí, lo que se premiaba era ir dopado hasta las trancas.
No sé por qué asocié esta exaltación del dopaje salvaje con la imputación de Zapatero. Ya saben, tráfico de influencias, viajes, joyas y mucha contundencia indiciaria. Luego se animó el juez Peinado –que me recuerda a un hombre corrompido por el sufrimiento–, quien insistía en su obsesión contra Begoña Gómez. Si no había suficiente ración de sensacionalismo jurídico, las imputaciones judiciales –en otras ocasiones sin contundencia contra el emérito, un tal Rajoy o aquel Aznar comisionista en la Libia de Gadafi– volvían a la carga contra Cerdán y Leire Díez. Mientras, la UCO registraba la sede de Ferraz. Solo faltaba alguno más palante. Y llegó el hermano del presidente, David Sánchez, quien también acabó en el banquillo. Parecía que la judicatura patriota “iba hasta arriba” enganchada a los palante.
No seré yo quien apueste por un PSOE todo al rojo. Pero no me jodan que toda esta acumulación de causas adosadas como bombas lapa a los bajos del PSOE no responde a lo que alguien tan poco sospechoso de conspiranoico como Martín Pallín, magistrado emérito del Tribunal Supremo, afirma: “Creo que estamos ante lo que se puede definir rotundamente, y lo afirmo, como un golpe de Estado judicial permanente”. Esto lo confirmó el otro día un Aznar con cara de esteroide cuando rebobinó: “El que pueda hacer, que haga”.
Y hace un PP subidísimo, apoyado por no pocos medios ultra y una gran parte de la judicatura que va a degüello contra un gobierno con muchas vergüenzas y más contradicciones. Claro que sí. Pero en juego está derrotar a la derecha. Y eso no pasa por aceptar la moderación frente al miedo. Exige calle, mucha calle.