Los domingos que me toca con nuestra madre el programa incluye la asistencia a misa en una iglesia del centro. A veces empleo los tres cuartos de hora de ceremonia en análisis socio-religiosos de andar por casa. Me intereso por el número y el tipo de asistentes, o por su presumible adscripción ideológica, muy mayoritariamente a la derecha de Dios Padre, pero también por los detalles litúrgicos, la participación de otras personas o las habilidades dialécticas del oficiante.
Dicen que se observa un cierto repunte en la práctica religiosa. Tal vez sea así, aunque en mi único punto de observación –los funerales no sirven para el muestreo– no llego a percibir esos brotes verdes en una feligresía en la que hasta yo bajo con creces la media de edad. No sé si es consecuencia o causa de ello la mortecina liturgia o la sensación de que nadie escucha al cura en el sermón. Es verdad que la gente se saluda y se sonríe más que antes, y se nota más participación, sobre todo femenina, siempre dentro del papel subalterno que sigue concediendo la Iglesia a la mujer.
Suelo salir de ahí reafirmando mi sentimiento de ajenidad hacia todo eso, aunque ya sé que nunca será total. Este fin de semana llega al Estado el papa Prevost. Un viaje curiosamente incómodo para esa derecha que hace de sus raíces cristianas uno de sus pilares existenciales. Todo lo que en su primer año de pontificado ha dicho León XIV sobre temas como la guerra, el reparto justo de la riqueza, las migraciones, la amenaza tecnológica o la crisis climática, absolutamente todo, está en radical oposición a lo que defienden los líderes de esa corriente ideológica, no solo españoles, también mundiales.
Por contra, es el descreído mundo progresista el que se ve reflejado en las palabras del obispo de Roma. Esta paradoja va a marcar una visita de alto voltaje, no sólo religioso, también político, en la que también vamos a ver quién escucha realmente su sermón.