Hay cinco personas que ya no están. Han dejado de habitar el territorio que queda a este lado de la línea y han cruzado al otro. Ocurrió en un instante, en el segundo de horror inesperado que son siempre los accidentes de tráfico como este, el más grave en la historia de Gipuzkoa. La furgoneta en la que viajaban el miércoles estas cinco personas, agentes de la Policía Foral de Navarra, impactó tras un volantazo contra la mediana situada en la bifurcación entre la AP8 y la AP1. El camión cisterna que circulaba detrás no tuvo tiempo ni espacio suficientes para frenar. Se llevó por delante la furgoneta arrastrándola a lo largo de 60 metros y terminó volcando. Cuatro de los fallecidos murieron en el acto. El quinto, minutos después.
A estas horas del sábado hay cinco familias y cinco enjambres de amigos, compañeros y vecinos que no pueden pensar en nada más mientras desayunan, se duchan, o tratan de acompañar a su hijo a un partido. La muerte ostenta el poder absoluto de detenerlo todo y dejarnos suspendidos en un espacio sin nombre. También se trata de un poder temporal.
Están siendo días de reconocimiento institucional a la entrega y el compromiso de Miguel, Juan Martín, Jesús, Mintxo y Miguel Antonio, días de abrazos apretados en pasillos y vehículos de la Policía Foral. También días atravesados por conversaciones incrédulas y reiterativas en un café o en un bar, porque el oleaje que ha levantado este suceso trágico ha sido enorme y necesitamos articularlo para dotar de sentido a algo que, formando parte de la vida, nos supera.
Ayer la espiritualidad gótica de la catedral de Pamplona acogió una de las despedidas. La luz que filtran sus vidrieras abrazó a quienes aún no pueden comprender que quien veían y tocaban ha dejado de existir. No estamos capacitados para entender esa ruptura en la realidad. Se recorrerá el camino del duelo y comenzará el de la sanación, pero ahora es ahora. Un abrazo enorme a quienes habéis sufrido de cerca esta pérdida.