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La risitaArchivo

La enésima bronca a cuenta del euskara, ahora por unos ceros, ha despertado a la peña pitbull en sus trincheras. De un lado, quienes aún usan términos como colono o maqueto para enfangar al vecino; del otro, quienes todavía piensan que el vascuence es manía de paletos o fanáticos. Ese talibanato, sea tigre o león, aburre y asusta por igual, así que tire el penalti usted. Yo paso.

Más interesante, y muchísimo más grave, es lo de la risita displicente. Varios chavales suspendidos han atendido a los medios en euskara, será por ganas, y han salido trasquilados. Sin duda el nivel de alguno era muy bajo. Pero si, amén del penco, eso es motivo de desprecio y descojono, nos vamos a quedar sin piedras para tirar, sea cual sea el modelo educativo, el tipo de centro y hasta la clase social. ¿Hacemos la prueba, la hacemos de verdad? ¿O seguimos eligiendo ser un millón de hablantes cuando conviene engordar y una élite del ergativo si lo que toca es mofarnos de Iturgaiz –jamás, claro, de uno de los nuestros–?

Puestos a aburrir, también aquí la burra vuelve al trigo de las obviedades: el aprendizaje de un idioma depende de diversos factores, desde el interés personal hasta el entorno cultural. Y, dadas nuestras circunstancias, resulta evidente la extrema dificultad de lograr ciertos objetivos. Quizás por eso gastamos media vida reivindicando a gritos su legitimidad, y en la otra media nunca debatimos con calma su probabilidad. Y digo yo que, o rebajamos la utopía, o continuáremos riéndonos, sí, pero del Marco Común Europeo de Referencia, el sistema que mide la competencia lingüística real. En euskara, inglés, castellano y chiquistaní.