Este domingo el sol alcanzó su mayor elevación sobre el horizonte. Ya es verano. Durante años, llegada la canícula, escribo una columna. Manuel Vicent también lo hace. Todas sus columnas veraniegas están impregnadas de un lirismo mediterráneo y dulzón. Al leerlas, puedes oler a jazmín, escuchar las chicharras o mancharte con la sangre coagulada de los toros descuartizados en cientos de plazas.
Durante años, esas columnas me influyeron hasta romantizar un tiempo de rituales de fuego y sol, amores fugaces, chiringuitos, cervezas, adolescentes encabritados por un sexo naciente, chancletas, calderetes y tiempos muertos en camiseta. Pero ese verano azul hiperliteraturizado y sobredimensionado no es universal. Pese a que algunos sigan empeñados en revivirlo como si no hubiéramos abandonado la infancia que lo sostiene.
Le pasa también a esta ciudad, que espera el estío como si estuviera al borde de algo inefable. Sabe que con él se alcanza un estado cíclico del alma a punto de ser redimida por la fiesta que llega. Pero no llega para todos. Porque muchos cuerpos cansados deben continuar para sostener esa fiesta y los sobrecostes de este tiempo viscoso.
Y es que existe otro verano menos visible, el de quienes cuidan, trabajan y organizan el bienestar de los demás. Un verano que rara vez aparece en los relatos dominantes, pero sin el cual el verano idealizado no sería posible. En España, el 33% de las personas no puede irse de vacaciones. Porque mientras unos hacen las maletas, otras cuidan de menores, mayores o dependientes y afrontan el aumento de gastos que trae consigo la época estival.
Y esa imagen del verano romantizado se convierte así en un privilegio inaccesible para quienes no pueden permitirse dejar de trabajar ni de cuidar. Es verano, sí, pero lejos de ser una experiencia universal de descanso, refleja las profundas desigualdades que nos atraviesan.
Pese a todo, feliz verano.