Entramos en el verano en alerta naranja. Las altas temperaturasde estos días son un aviso de que el sol y su calor no siempre son aliados. Ocurre como con otras tantas cosas, que no son realmente lo que vemos o queremos que sean. Esperamos el verano durante meses. Necesitamos la luz, el sol, el tiempo lento, dejarte llevar, mirar al horizonte, proyectar, sentir, desear, vivir ligero y también dejar atrás lo que pesa.
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Quemar en las hogueras de la noche de San Juan (si se permiten por el riesgo de incendios) lo que nos sobra, lo que no queremos, lo que nos ha hecho daño, lo que nos ha lastrado el resto del año hasta llegar a esta noche especial, a este solsticio de verano en el que el fuego hace posible seguir soñando y avanzar. Con esas flores y esos ritos sanadores. No se trata solo de mirar afuera, sino dentro. De parar, de sentir, de escuchar, de reconocer, de afrontar, de querer y de vivir. Dejar los miedos y saltar.
Atravesar la hoguera, en sentido real o metafórico, como quizás será este año. Saltar para llegar al otro lado, sin mirar atrás, sin metas imposibles, sin sueños inalcanzables, con deseos que estén en nuestro círculo, ese que te sostiene cuando sientes que caes y que hay que celebrar cada día la suerte de tenerlo. Pero está bien también saltar con deseos que trascienden lo que somos, deseos que son colectivos y cruzan fronteras .
A veces solo queremos que el verano sea lo que fue. Que suene a risas en la plaza, a baños en el río, a tardes interminables de juegos y a noches cortas con amaneceres de fiesta, a bailar bajo tormentas y oler a tierra mojada. Veranos de infancia y adolescencia a los que nos transportamos para volver a sentir cosas que tenemos dentro, pero las vamos dejando atrás. Aunque sepamos que son importantes. Para no perderlas no hay que dejar de ser niña, de sentir curiosidad, de disfrutar.
Pero crecemos y crecer es asumir responsabilidades nuevas. Entramos en verano en alerta naranja no solo por las altas temperaturas, también por lo que vemos que pasa a nuestro alrededor, por los acontecimientos políticos, judiciales y sociales que nos rodean. Por esa alerta constante que nos avisa que estamos construyendo una sociedad cada vez más individualista, más centrada en el yo y menos en el nosotras. Sistemas cada vez más autoritarios y menos democráticos.
Un aviso de que no podemos dar pasos hacia atrás en los derechos conseguidos porque dejamos el camino libre para que otros destrocen lo que tanto ha costado tener. La fuerza colectiva es la que nos permite de verdad saltar y avanzar sin quemarnos. Estamos en alerta naranja, mejor no llegar a la alerta roja ante el riesgo real de incendios sociales.