Tenemos muy descuidados a nuestros compositores del XIX. A excepción de cuatro cosas (Arrieta, sobre todo), menospreciamos a Guelbenzu, Gaztambide, el sanmartinejo Brull, el valtierrano Soriano, Buenaventura Iñiguez, etc. con el pretexto de que hacían música muy italianizante, anclados en el belcantismo. Por cierto, Gaztambide introdujo, y dirigió, a Wagner en España; ¿qué se le pasaría por la cabeza al escuchar sus propias óperas y las del Wagner? En cualquier caso, merece la pena recordar, siquiera fragmentariamente, la belleza de la melodía, el arraigo en lo popular, la fácil transmisión de sentimientos que cultivaron nuestros decimonónicos compositores. El concierto del Legado lírico navarro trata de remediar el olvido.

El joven director Javier Echarri concertó muy bien (quitando algún desajuste puntual por falta de ensayos, seguro) al complejo conjunto de orquestas, coro y solistas; y supo guardar el estilo de la diversa programación: desde la ópera a la jota. Abre la sesión la obertura La cava de Arrieta: la orquesta (unión de la Sinfonía Navarra y la Orquesta Sinfónica de Navarra ¿?) se va temperando, y ya despuntan los solistas instrumentales que tendrán amplio cometido: flauta, clarinete, chelo… J. L. Sola abre la escena vocal con el Lancero de Gaztambide (compositor al que se le va a dedicar casi todo el programa). A Sola le seguimos desde sus comienzos, y en este recital lo encontré más centrado en explotar las mejores cualidades de su voz. Ya no se empeña en subirlo todo al agudo –no hace falta– y llega al respetable con su rubato bellamente arrastrado en alguna terminación, su convincente teatralidad, y su entrega pasional. La acústica, algo seca, perjudicó un poco a ambos solistas, pero Sola calentó sus intervenciones.

En el Guitarrico, de Soriano, presume de fiato; y la canción húngara Los Magyares, muy rossiniana, la canta con claridad, sin forzar esa música tan fluida. El agudo en pianísimo de la cavatina (Una Vieja) gustó. Y obtuvo bravos en la canción de Carlos de Un Pleito. La soprano Raquel Fernández tiene una hermosa zona central, los extremos, sobre todo el grave, algo cortos; fraseó muy bien la romanza del Juramento, con profundo sentimiento; y fue estupendo el cambio de ánimo en la malagueña y la jota del Tá y del Té, con una vocalización salerosa; un acierto del compositor al confiar el dúo de la jota, (Al mirarte sonreír), al clarinete.

La Plegaria, con el coro (muy a lo Norma) fue otro de los buenos momentos de la soprano. Los dúos vocales pierden un poco en los graves de los recitativos ariosos, pero en las arias, se recomponen con bastante equilibrio entre ambos; en Los magyares sobresale un bello contrapunto en violonchelos, con una orquestación dramática y exigencia para el tenor. El coro de la Agao brilló tanto por cuerdas como en conjunto: convincente y desenfadado el pasacalle y jota de Brull, para voces masculinas, –muy de zarzuela grande, por cierto–; donde, también, hay que destacar a la flauta. Buen acompañamiento a los solistas, Y rotundos finales en fuerte. Dos propinas cerraron la velada: Un zortziko, prácticamente estreno, de Silvano Cervantes, muy interesante, de orquestación ampulosa, casi wagneriana; y el Brindis de Catalina, del tudelano. En resumen, una sesión muy agradable, imbuidos en el belcantismo de Gaztambide, del que, como ocurre con otros compositores de ópera y zarzuela, sobreviven algunas inspiradas arias. En el recuerdo la excelente producción del Juramento que hizo Sagi hace algunos años (DN. 13-5-2013) en el Baluarte.