"La incertidumbre" predomina en la campaña del cereal de este año en Navarra, debido a las disparidades climáticas durante el invierno y la primavera. Con esta palabra, Jesús Goñi, coordinador de Experimentación Agrícola de Intia, ha calificado la actual cosecha que ha comenzado de manera reciente. Las oscilaciones térmicas y pluviométricas han condicionado el potencial del cereal (trigo, cebada y leguminosas).
Un invierno de contrastes
El desarrollo de la actual campaña no ha seguido un patrón uniforme, sino que ha estado determinado por "vaivenes opuestos totalmente" entre periodos. El invierno se caracterizó por el exceso de precipitaciones. Esta abundancia de agua favoreció en la Ribera; pero no para la Zona Media o la Baja Montaña. "El exceso de humedad en invierno no le gusta al cereal, aunque lo tolera, sobre todo a la cebada", explica Jesús Goñi.
Como consecuencia, a la salida del invierno, los campos de la Cuenca de Pamplona —área que concentra la mayor superficie cerealista y los rendimientos históricos más elevados en kilos— presentaban un aspecto "bastante justo y malo".
Semejante número de hectáreas
Las personas agricultoras han sembrado más de 190.000 hectáreas de cultivos extensivos, semejante cifra al ejercicio pasado. La distribución mantiene al trigo como el cultivo principal con cerca del 40% de la superficie; la cebada queda en una segunda posición con el 36%; le sigue el guisante, con el 6%; y en el porcentaje restante aparecen otros cultivos, como girasol, colza o haba.
"El guisante ha alcanzado un récord histórico en los registros de la Comunidad al ocupar unas 11.000 hectáreas, debido a cuestiones relacionadas con la PAC", ha aclarado.
Una primavera local
La primavera no dio tregua y sumó nuevos factores de estrés. El mes de abril se comportó de forma perjudicial al registrar temperaturas inusualmente elevadas y una ausencia casi total de lluvias durante 40 días.
A priori, el riesgo de colapso era alto debido al problema subyacente del invierno: al haber dispuesto de tanta agua en los meses previos, el sistema radicular de las plantas apenas se había desarrollado por falta de necesidad de buscar humedad en profundidad. Con una raíz pequeña y un calor repentino, el cereal parecía abocado al sufrimiento; sin embargo, el campo "sorprendentemente lo toleró bien", recuerda Jesús Goñi.
Posteriormente, la primera quincena de mayo dio un respiro "muy favorable" gracias al retorno de lluvias abundantes que el suelo absorbió y temperaturas frescas.
"Este episodio le vino muy bien al cereal", destaca. No obstante, el ciclo cerró su maduración a finales de mayo con un nuevo episodio de mucho calor, con ausencia de precipitaciones. "Inusual para esa época y eso probablemente afecta más a los resultados de la campaña final", añade.
Las temperaturas extremas de junio solo han acelerado de forma abrupta el secado de la planta, provocando que toda la superficie madure simultáneamente para cosechar todo a la vez.
El desafío de la adaptación climática
Ante la repetición constante de estas campañas extremas, Goñi incide en la necesidad de adaptar las variedades del cereal a las nuevas condiciones climáticas a través de la investigación científica. Desde INTIA se destinan recursos a la evaluación y el ensayo de nuevas semillas comerciales. "No hay variedad mala, todas son buenas; lo que pasa es que hay que buscar a qué condiciones agroclimáticas y a qué clima concreto se amoldan", aclara.
Entre las estrategias que se persiguen destaca el empleo de variedades de ciclo más corto que permitan "adelantar el final de la campaña" (por ejemplo, cosechar a mediados de junio en lugar de a principios de julio) para esquivar los rigores térmicos del verano. Asimismo, se trabaja en la búsqueda de plantas genéticamente más eficientes en el uso del agua, capaces de mantener los rendimientos con menores aportes hídricos.
Calidad del grano frente a cantidad
Aunque el inicio de la cosecha este año arroja datos muy dispares, el denominador común detectado en las primeras parcelas cosechadas apunta a una "merma en la calidad", adelanta.
Las olas de calor tempranas han provocado que el llenado del grano se realice de forma deficiente, dando como resultado granos más pequeños. Esto afecta al rendimiento y a la calidad.
"El volumen de kilos puede llegar a ser aceptable; pero el estado del grano es deficiente, y condiciona el valor final en el mercado", aclara.
Goñi advierte de que los primeros datos de la cosecha suelen corresponder a las peores parcelas (las que antes se secan por estar más debilitadas), por lo que habrá que esperar a la consolidación de los resultados de las "zonas más tardías a mediados de julio para tener una perspectiva real del balance de la campaña", especifica.
Una cosecha acelerada, bajo la amenaza de restricciones por incendios
La climatología de las últimas semanas ha roto el esquema tradicional de una recolección escalonada, la cual solía comenzar por las cebadas de la Ribera para ir ascendiendo de forma progresiva hacia el norte y dar paso posterior al trigo. Este año "se ha secado todo repentinamente", obligando a las máquinas a trabajar en todas las comarcas a la vez.
Las altas temperaturas restringen el horario de recogida del cereal ante el riesgo de incendios, y aunque Navarra se encuentra ante una campaña precoz, estas circunstancias pueden alargar la recolección. Las alertas rojas activadas en zonas como Olite y toda la Zona Media obligan a decretar restricciones totales o parciales, impidiendo cosechar a partir de las dos de la tarde o durante todo el día, lo que inevitablemente ralentizará la campaña.
Un fenómeno llamativo
Un fenómeno visualmente muy llamativo este año en el campo navarro es la presencia de espigas de trigo creciendo dispersas en parcelas sembradas de cebada. Goñi aclara que este problema no se debe a un defecto o contaminación de la semilla certificada, sino a la meteorología del verano pasado.
Durante la cosecha anterior, el grano que de forma natural cae al suelo por la acción de las máquinas no pudo germinar debido a un verano extremadamente seco. Al no nacer durante el estío, ese grano remanente no pudo ser eliminado con las labores preparatorias de la siembra en otoño, brotando este año junto al nuevo cultivo.
Aunque la presencia real apenas supone un 2% o 3% del trigo sobre un campo de cebada, este hecho genera trastornos en ciertos canales de comercialización. Paradójicamente, el fuerte calor de junio ha mitigado el impacto de esta mezcla en el momento de la cosecha.
Al secarse todo al mismo tiempo, el trigo ha madurado a la par que la cebada, evitando que las espigas verdes aportaran una humedad excesiva en la tolva que hubiera obligado a retrasar la recolección.