Podríamos cerrar los ojos mientras flotamos en la piscina de un camping. Es la hora furtiva en que el socorrista aún no impone su presencia. Los caminos de gravilla dibujan una cuadrícula en calma a la sombra de los plataneros, todavía no se entrecruzan pisadas y paraules, hitzak, words, mots y palabras con acentos que disuelven nuestra identidad, unos días, rocosa; otros, más líquida. Solo bandadas de vencejos giran en torno a cipreses recortados de los óleos belgas de Magritte a una velocidad cortante, están convencidos de que hoy y ahora son aves de presa.
Lo hago, cierro los ojos, y el hilo de vida que reciben los otros cuatro sentidos se hace más caudaloso. La superficie del agua dibuja en mi cuerpo una circunferencia dentro de la que solo caben cejas, ojos, nariz y labios. Aire y respiración. El resto ya es fondo marino, piel erizada y tersa por el frío. Fantaseo con la idea de ser anguila, rápida y sinuosa, difícil de atrapar salvo por quien yo quiera.
Se levanta una brisa que agita las copas de los cipreses y les susurra todo lo que ocurrirá hoy, los cuerpos que llegarán, las historias que esconden y las que nos inventaremos al radiografiarlos con una cerveza helada en la mano y una aceituna aliñada en la boca. ¿Quién pensarán que soy tras este bikini negro? ¿Una profesora divorciada? ¿Una ingeniera que diseña plantas desalinizadoras? ¿Una mujer que no se define por su profesión en busca de experiencias? Escucho el chirrido de la madera al arañar el cemento. Alguien empuja una tumbona, ya están aquí.
En unos minutos el socorrista y su bronceado olímpico instalarán su reino. Los altavoces comenzarán a disparar salsa, pop comercial y tecno amable. La zambullida de un cuerpo genera ondas sísmicas que me provocan escalofríos. Con los oídos sumergidos escucho mi respiración en estéreo, no la reconozco, podría pertenecer a otra persona. Unos dedos erizan mi cintura y la curva de mi cadera. No son los de mi hijo ni los de mi pareja. Mantengo los ojos cerrados.