El juez Marchena

08.02.2020 | 23:16

Los jueces españoles tratan de dar imagen de que imparten justicia en nombre de Dios y consideran a la ciudadanía vasallos que tienen que aceptar sumisamente sus sentencias. Don Manuel es el presidente del tribunal que juzga el procés catalán que le va a exigir hacer equilibrios si quiere dar un escarmiento a los independentistas catalanes y vascos, pues se sabe vigilado por las instituciones europeas y al mismo tiempo tiene que cuidar las formas, pues la sentencia condenatoria del Supremo será recurrida ante el TEDH y con seguridad revocada, con las consecuencias de todo orden. Aparte tiene que asumir el episodio grotesco que le llevó a dimitir de presidente del Supremo in pectore porque los del bipartidismo le engañaron como a un niño, pues filtraron su nombramiento antes de estar constituido el nuevo Consejo del Poder Judicial, entre cuyos vocales debería ser elegido. Además, la opinión pública española y mundial está alborozada ante un affaire de corrupción digno de Gran Hermano. Una hija suya ha sido nombrada fiscal del Supremo por el fiscal Navajas, quien a su vez llegó al cargo apoyado por Marchena. Según información, el puesto le ha sido otorgado sin tener derecho, por lo que otros opositores con calificaciones superiores han presentado la causa ante los tribunales. Por tanto, una hija de Marchena, presidente del tribunal que enjuicia nada menos que el caso de una parte de España que quiere independizarse, está acusada ante los tribunales. Marchena ha sido elegido presidente del citado tribunal en base a criterios políticos ajenos a principios de Derecho constitucional. Humillado, se ha visto obligado a renunciar a la Presidencia del CSPJ y del Supremo porque el portavoz del PP en el Senado había publicado que "podría manejarle por la parte trasera en el caso del procés". Por ello su actitud en las sesiones del procés se muestra extrañamente cuidadoso en las formas aceptando todas las peticiones de orden de los abogados de los acusados. Marchena debería implorar la presencia del Espíritu Santo para encontrar la salida del laberinto.