la carta del día

Fuga eminente en la historia de las evasiones

22.05.2020 | 01:19

Apesar de haber sido construido para fines defensivos, en lo alto del monte Ezkaba, regentando desde el norte la ciudad de Pamplona, el fuerte de San Cristóbal acabó encarnando el papel de penal militar del que ejerció entre 1934 y 1945.

Tras decretarse amnistía en febrero para los presos políticos de la Revolución de Octubre de 1934, el fuerte apenas respiraba unos meses hasta que en julio Navarra quedó bajo el control de los sublevados. Nos remontamos a tiempos de guerra. En apenas unos meses ya habitaban las galerías unos 2.000 presos. La pena máxima era la de muerte, la mínima, reclusión perpetua. Reclusión entre nidos de chinches, humedades y fríos de suelos de piedra, platos de agua sola y tres garbanzos de decoro, que recordarían los más afortunados al citar La Divina Comedia: "Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate"/ "Quien entre aquí, abandona toda esperanza".

Precisamente, en el toldo azul que les cubría, por donde aves volaban, símbolo de libertad, encontrarían seguramente la esperanza de salir algún día. La esperanza que les llevó a planear la fuga que quebró las cicatrices que yacen hoy en sus senderos.

Era 22 de mayo de 1938, la primavera salía florida y hermosa para adornar un camino que pronto sería teñido de rojo escarlata. Era domingo, pero no era casualidad, ese día había plantilla reducida. Y así planearon la fuga, en esperanto para que no los entendieran, porque las cárceles se regían por ideas y no por conocimientos.

Serían las ocho de la tarde cuando entraron a dar la cena los que fueron los primeros en ser asaltados y encerrados entre los presos. Leopoldo Pico, junto a sus compañeros, se dirigieron al cuarto en el que charlaba tranquilamente la compañía de soldados de guardia y enseguida los redujeron y encerraron también. Mientras, Agapito, vestido de funcionario, atravesaba el patio junto a otros presos para asaltar la guardia exterior y acceder a las salidas. Al grito de "¡Sois libres!, ¡A Francia!" abrieron las puertas al resto de compañeros en apenas media hora que duró la ejecución.

Fue una fuga maestra. Bueno, casi maestra. Un prisionero falangista, preso por rebelión militar, corrió monte abajo para dar aviso, a la vez que un soldado que volvía de Pamplona daba voz de alarma. Fue la condena para la gran mayoría.

Hacia las doce de la noche comenzó la caza de conejos. Los fugados se organizaron en grupos para dificultar la persecución, bajaban rodando. El objetivo era llegar a Francia. Se guiaban por lo que querían pensar que eran los Pirineos. De día era imposible avanzar, las carreteras estaban cogidas, así que avanzaban en la penumbra de la noche, huyendo de los centros poblados.

De casi 2.500 presos que albergaba San Cristóbal, 795 decidieron huir, 585 fueron capturados, 207 asesinados y solamente 3 lograron pasar a Francia. 14 de los apresados fueron acusados de ser promotores de la sublevación y se les fusiló públicamente el 8 de septiembre de 1938 en la vuelta del Castillo de Pamplona. Leopoldo Pico, cabeza organizadora de la fuga, fue ejecutado extrajudicialmente. Su cadáver nunca apareció, al igual que los cuerpos de los presos fugados que nunca fueron entregados a sus familiares.

En las faldas del monte Ezkaba se encuentra la escuela en la que aprendí a leer y a escribir, por sus caminos y senderos he paseado cada semana desde que tengo uso de razón, este monte me enseñó a guiarme en él, me enseñó el significado de la memoria histórica, por su loma he aprendido a diferenciar las plantas y los árboles que lo habitan, y ahí arriba, en el fuerte, pude presenciar, cuando todavía se podía, el interior escalofriante que ocultan esos muros.

Hoy sigo paseando por sus caminos, respirando su aire puro, parando a ver las vistas que regala del pueblo y ciudad en la que he crecido. Y hoy también puedo seguir imaginándome los fugados del 38, bajando entre estos robles, pinos y encinas, huyendo del abismo. Hoy, y cada vez que escucho ese silencio de llanto ahogado que perpetúan tus caminos cuando te paseo.

El objetivo era llegar a Francia, se guiaban por lo que querían pensar que eran los Pirineos

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