Oneroso, sí, o aún mejor, onerosísimo, pues no sólo hay onerosidad material, hay, y mucha más, onerosidad moral.

La euforia que trae consigo la posibilidad de borrar de la ciudad el oneroso mausoleo eclesiástico-clerical-franquista que erigieron al final de la avenida de Carlos III no debe impulsarnos a entrar en gastos abrumadores para el erario municipal.

El solar que quedara después de la demolición sería muy atractivo para las inmobiliarias y constructoras y la que ganara el concurso, se haría cargo del derribo y desescombro de la nueva construcción, que continuaría el trazado de la plaza, que pasaría a llamarse de la Segunda República, y acordaría con el Ayuntamiento el reparto de los pisos que resultaran para que a los que les correspondieran al principio constituyeran un ingreso para las arcas municipales y no los gastos en los que se incurre casi siempre que se hace alguna obra pública. Lo público debe ser algo absolutamente público y con altavoces a la calle.

He oído en la radio que hay unos cuantos proyectos que, espero, contemplen, además de la desaparición del oneroso mausoleo, que bien lo merece por el terror, destrucción y matanzas que desencadenaron. Un buen ingreso para el erario o arcas municipales y no un gasto más con cargo a los contribuyentes iruñatarras-pamploneses. Escribo iruñatarras en primer lugar porque cuando aquí llegó Pompeyo con sus legiones (invierno 75-74 antes) era en toda la zona alta que ocupan el duomo (templo catedralicio) y la bisbalía (arzobispado) ya había, como en Muruzábal de Andión y otros lugares de Nafarroa un antiquísimo castro baskon, pues no en vano, Nafarroa es “seaska eta biotza”, o sea, cuna y corazón de Euskal Herria.

En consecuencia, sí a la euforia de la demolición, pero no a gastos ni despilfarros.