Tener más de 14.400 personas esperando meses por una cita en Traumatología es, sin duda, un fracaso ético. Detrás de ese número hay personas mayores que han dejado de caminar y pacientes que solo logran pasar el día a base de fármacos. Mientras la respuesta sanitaria se retrasa, la calidad de vida de miles de navarros y navarras se resiente. La auditoría encargada por el Gobierno de Navarra para la mejora en esta especialidad ha sido dura: el sistema es débil porque -entre otros motivos- falta de orden y vigilancia. Tenemos agendas desorganizadas y un descontrol total sobre los horarios y la actividad real.
Este caos no es casual ni inevitable; es el resultado de una gestión mejorable pero también deja entrever fisuras en el compromiso individual. Y lo más grave es que este desorden tiene un beneficiario claro: la sanidad privada. Cuando el sistema público se vuelve lento y opaco, empuja a quien puede pagarlo a buscar fuera lo que por derecho debería tener dentro. Es una fuga de confianza y de recursos que debilita lo que es de todos y todas. Es cierto que faltan especialistas, pero la falta de recursos se ha convertido en la excusa perfecta para tapar desidias.
No se puede pedir más dinero o más personal si primero no se optimiza lo que ya tenemos. La compatibilidad con la privada, en este contexto de colapso, genera una sombra de sospecha lógica: ¿se está poniendo todo el esfuerzo donde más se necesita? La solución no es solo técnica, es de actitud. La administración debe dejar de mirar para otro lado y empezar a supervisar de verdad. Y los profesionales deben recuperar el rigor y la responsabilidad. Para recuperar la confianza en nuestro sistema de salud.