El Instituto Nobel se ha visto obligado a recordar a Corina Machado, ganadora del Nobel de la Paz, que el premio otorgado por la institución es intransferible y que no es factible compartirlo con Donald Trump, tal y como ha propuesto la venezolana tras verse apartada del liderazgo de su país por el estadounidense. Al no recibir el galardón el pasado mes de octubre, el ególatra Trump padeció un ataque de ira en forma de envidia y frustración que solo el rechazo del reconocimiento por parte de la galardonada habría aliviado. Al no hacerlo, gracias al cabalgante narcisismo que empapa la personalidad de Trump, su pataleta de niñato consentido le ha llevado a vengarse de Machado, sin considerar la conveniencia o inconveniencia para el pueblo venezolano. Para un egocéntrico como él, debe de ser casi imposible situarse en la posición de los otros y analizar las consecuencias que sus decisiones tienen para los demás. Solicitarle esta reflexión sería como pedir peras al olmo, en cualquier caso, no es desconocido que lo único que le importa al norteamericano es él y el petróleo que va a usurpar; la democracia y los derechos de la ciudadanía no van con su talante de perdonavidas.
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