La Luna es el espejo en el cielo donde se mira y se pregunta la Tierra todos los días, incluidos los de labor, como la bruja en el espejo mágico del cuento. ¿Es la manzana más alta del árbol de la ciencia a la que queremos darle la primera mordida llenos de curiosidad o es el deseo reprimido y subconsciente de abandonar una prisión? Desde el siglo de Julio Verne queremos acariciar su polvo lunar y edificar la mínima cabaña que en nuestra heredada memoria ancestral representaría la colonización efectiva algo que no puede decir una bandera. A mí me ha parecido lo contrario de la guerra, el instinto colectivo de humanidad enviado en un cohete de velocidades desorbitadas brillando en el cielo como una estrella Michelín con la misión de condecorar a la querida y extraña Luna por nuestros amores platónicos llorados o extraviados.

Decía la comentarista de la retransmisión que el astronauta que abandona la Tierra empieza mirando desde lo alto su ciudad, después su provincia, luego su país y cuando está ya muy lejos de su hogar, mirando el mundo como si fuese su casa. Un astronauta es el embajador de toda la Tierra fuera de ella. Este sentimiento colectivo pienso que me habría surgido también si los astronautas fuesen rusos, indios o chinos. Quizá un poco menos identificado, pero alegrándome igualmente si Airbus contribuye con su aerotermia controlando la temperatura de la cápsula, como un inflexible vigilante en el sobaco de un enfermo completamente sano.

No hay que olvidar que esto ha sido una postura de poder, de rivalidad y que viene de quien viene y de su narcisismo, pero todos sabemos también que lleva el conocimiento colectivo de la ciencia escalado peldaño a peldaño por personas altruistas en un mundo donde alguien o algo se apropia cada día más de lo que es de todos. Al mirar la celeridad de huida en un cohete que no es nada cobarde, cada uno en su desbordado y generoso corazón se alegra íntimamente por la humanidad.

Aunque hayan cambiado el nombre a la paga de beneficios para evitar que se sepa cómo surge la riqueza y no se hable ya de plusvalor, nosotros nos alegramos cada vez que un cohete pacífico desafía las leyes de la gravedad y confundidos, perpléjicos y autoengañados, lo sentimos un poco de todos. Aunque es producto de la rivalidad, vemos en ese espejo lunar que estamos en él como en el cuadro de Las Meninas. A fin de cuentas, el espejo siempre refleja fielmente la figura pero en la posición contraria.