Manuel tenía 29 años y estudios de electrónica. Llevaba tiempo en paro, así que en julio de 2000 abrió un modesto negocio con el apoyo de la familia y un crédito bancario. Vendía chuches, pan y periódicos. Su novia, Encarnación, estaba embarazada de siete meses. Patxi era un chaval de 26 años, y a finales de agosto entró junto a un colega en la tienda. Eran las diez de la mañana. Manuel trató de ocultarse en el almacén. Los visitantes no tuvieron piedad y lo acribillaron. Así lo ha sentenciado el juez. Lo remataron en el suelo, en un charco de sangre: catorce tiros El suceso inundó teles, portadas y radios.
Encarnación sufrió un shock emocional y, debido a su estado de gestación, tuvo que ser hospitalizada. Los padres de Manuel, gente humilde, lloraron en el funeral. Las nueces bailaban en las gargantas y hubo gritos de dolor. Siete semanas más tarde llegó al mundo María, la cría que esperaba la pareja. Pesó al nacer 2,9 kilos, y su padre ni estuvo en el paritorio ni fumaba en el aparcamiento. La buena nueva traía un susto como el bombón trae un licor. Alguien habló de "la hija póstuma", y la noticia ocupó muy poco espacio. Nada permanece y quemamos los retrovisores. La niña ha crecido lejos, junto a su madre, viuda a una edad en la que nadie lo es. Patxi fue detenido al cabo de diez meses.
Hace días, en un apunte minúsculo de prensa, informaban sobre él. Ha sido condenado a pasar 31 años y medio en prisión por aquel crimen. Tiene más penas que cumplir y unos cuantos cadáveres en la conciencia. Deberá indemnizar a Encarnación y María con 600.000 euros. A los padres de Manuel, con 150.000 euros. Muchas noches entre rejas. Varios hogares destrozados. Sillas vacías. Y tantas lágrimas para nada. Toneladas de tristeza en vano. Así se cierra un círculo cruel y absurdo. La víctima era concejal independiente del PP en Zumarraga. El verdugo, miembro de ETA en todas partes. La verdad es aburrida, puta frustración, cantaba Eskorbuto. Y la estamos olvidando muy deprisa.