Hay palabras que significan lo contrario de lo que originalmente representaban: algunos usan innovación, participación o modernidad como coartada, aprovechándose de que suenan tan bien que nadie sospecharía. Estos días las escuchamos para justificar el cierre del museo científico donostiarra ante las quejas de Eureka! Bizirik, una iniciativa popular apoyada por más de 10.000 personas que defiende su continuidad. Veinticinco años de historia que se despachan con un diagnóstico inquietante: su modelo está agotado.

La alternativa es un proyecto reducido a unas salas en un imponente contenedor cultural, que promete como si fuera nuevo algo que el museo ya era. Porque Eureka! no es un lugar pasivo: es participación real, educación, ciencia viva, diálogo entre disciplinas, contacto con la curiosidad. He vivido lo mismo con el planetario y duele escuchar que ya no ilusiona algo que atrae a cientos de miles de familias y tiene reconocimiento internacional.

Porque no es que haya quebrado el modelo cultural que hizo posible los centros de ciencia, que trabajan por adaptarse a un mundo cambiante con la complicidad del público: han cambiado las prioridades de quienes lo gestionan. Donde antes construíamos equipos propios, cooperando con el entorno cercano, universidades, instituciones y asociaciones, ahora colocan externalización y brillo de modernidad. Menos identidad propia y más franquiciado. Y en ese proceso se pierde algo esencial: estos espacios no son ocio accesorio; son infraestructura cultural. Lugares donde nacen vocaciones, donde la ciencia se vuelve experiencia compartida. Quizá lo más llamativo sea esa fe ingenua en que lo nuevo, por ser nuevo, será mejor. Como si la memoria estorbara. Por eso tenemos que defender que Eureka! siga vivo.