La Archidiócesis de Pamplona y Tudela ha sentado cátedra. En relación con el caso Noelia Castillo, dice que: “toda vida humana posee una dignidad independientemente de su estado de salud, autonomía o situación personal”. Bueno, están en su derecho de aplicarse entre los suyos las directrices del Evangelium Vitae (1995) y del Samaritanus Bonus (2020). Ambos documentos sostienen que el enfermo grave mantiene toda su dignidad y que la eutanasia contradice esa dignidad. Allá ellos. Pero recuerden que nos regimos por un Estado laico, donde la fe cuenta de puertas para adentro.
La vida de Noelia ya fue un tormentoso torbellino como para marear aún más su decisión. Suya y de nadie más. Para eso sirve la ley de eutanasia: para que la última voluntad de nuestra vida nos pertenezca solo a nosotros. Dicho esto, a uno, que perdió la fe en una reunión de obispos, como dijo André Gide, le cuesta aceptar cómo se puede conjugar la dignidad ajena y, más aún, sostener que esa dignidad es eterna, aunque tu cuerpo y tu alma te hayan abandonado en un estercolero.
Me gustaría ver la cara que pondrían los prelados de esta Archidiócesis al dirigirse a los miles de palestinos mutilados, hambrientos, secuestrados o enfermos terminales, y decirles que sus vidas siguen siendo dignas, aunque sean una ruina física y moral por obra y gracia de Yahvé, Dios de los hebreos. O cómo se dirigirían a la memoria de los once millones de personas torturadas y gaseadas en Auschwitz-Birkenau, Treblinka o Dachau.
¿Serían capaces de sostener que esas vidas, previas a la muerte, eran dignas? ¿O qué decir, entonces, de la “dignidad” de las vidas de millones de personas que sufren guerras, torturas, persecuciones, desplazamientos, hambre o violaciones en Yemen, Siria, Myanmar, República del Congo, Sudán o Ucrania? Me gustaría saberlo. Pero quizá tenga la respuesta: “Los designios de Dios son inescrutables”, dirían. Vale, si va de moral evasiva, así nos va.