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Positivo

Mi abuela dio positivo el jueves. Comió dos cucharadas de lentejas -"saben a tierra"-, medio filete de muslo de pollo deshuesao -"es más tierno que la pechuga"-, tres uvas tres -"por fuera parecen algo, pero no saben a nada"- y, aquí está el positivo, cuatro vasos hasta el borde de vino peleón. El agua, por supuesto, ni probarla, no vaya a ser que le dé flato -dice que le provoca aires-. Obviamente, mi abuela ya no conduce -bueno, no ha conducido en su vida-, pero le hicieron soplar en el campeonato de brisca que tiene con las del portal. Ella, en concreto, está en la categoría de más de 90. Hasta el miércoles estaban cinco, el jueves quedaban cuatro -"la Vicenta se conoce que ya ha salido en el periódico"- y desde entonces y hasta que mi abuela cumpla su sanción -una semana- estarán tres. Dice el estricto código antidopaje del portal de mi tía y mi abuela que más allá de tres vasos es un caso que roza el alcoholismo y que las jugadoras de brisca deben dar ejemplo a sus jóvenes, por ejemplo las de más de 80. El caso es que quedan tres y han decidido, por unanimidad, que no compiten hasta que pase la sanción de mi abuela -"nosotras sin la Joaquina no vamos ni al ascensor"-. A eso se le llama espíritu gremial. No sabemos si este mismo espíritu va a brillar o no en el mundo del atletismo español, impactado por el caso de Marta Domínguez, la atleta española -tal vez la deportista, junto con Arantxa Sánchez Vicario, la andorrana- más brillante de la historia, ni si van a caer aún más -de más renombre es imposible-, pero lo único cierto es que la acusación a Domínguez de suministrar productos dopantes a otros atletas es, de tan surrealista, un golpe brutal, de proporciones inéditas en España. Mi abuela dice que hay que ser tonta para suministrar vino y no bebértelo tú.

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