SI no se abre un agujero a la altura del pozo de San Saturnino y nos traga a todos, dentro de unos meses saldrá a la calle un librito que me encargaron escribir y al que he dedicado cuando menos ocho meses de mi vida y de mi escaso oficio. Con gusto, ya que el encargo venía de personas a las que no podía decir que no. Los irrisorios derechos de autor -creo que un 9% o un 10% del precio de venta al público, como mucho- irán destinados en su totalidad a hacer un poco más agradable la vida de aquellos que en otro lugar del planeta la tienen mucho más desagradable que aquí. Como, de momento, el bandolerismo cibernético no ha atacado en la misma medida a los libros que a los discos o las películas, supongo que se venderán unos pocos miles de ejemplares y que mis ocho meses de darme cabezazos contra la pared servirán de algo, poco pero algo. Me alegraré en el alma. Si, por el motivo que fuera, ese librito no me hubiese sido encargado o no hubiese pensado que el destino lógico del dinero ganado con sudor durante ocho meses era el que va a ser y por el contrario sí mi propio bolsillo, a lo que veo y leo me tendría que sentir mal conmigo mismo, por intentar hacer de mi esfuerzo y de mi escaso oficio un medio de subsistencia. Vamos, un capitalista de cojones, a la altura de Alejandro Sanz o el presidente de la Sony-Columbia. No tengo ni idea de qué se está haciendo mal, ya que el tema es profundamente enrevesado, pero yo no me siento nada censurado si no me permiten descargarme gratis -previo pago a las compañías de telefonía- algo que no es mío. Sé que tienen que cambiar muchas cosas en el mundo de la edición y la publicación, pero también sé que mientras tanto se roba en nombre de no se qué libertad que a mí más bien me parece impunidad. Y los políticos, cobrando cada mes.
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