El crimen de Nagore Laffage quedará fuertemente grabado
en el imaginario de la sociedad navarra. Confluyen en él una serie de circunstancias especiales que le dan un carácter novelesco e imprimen en todo lo ocurrido un innegable tono moral. El hecho de que fuera perpetrado en plenos sanfermines, unido al desarrollo de los hechos y a las características personales del homicida y la víctima hicieron que el caso adquiriera una visibilidad y una expectación enormes. Lo que, acto seguido, se proyectó en el seguimiento popular del juicio y en una prácticamente unánime decepción por el veredicto del jurado. Porque, al margen de las sutiles disquisiciones judiciales (en el fondo, el análisis que se pretende hacer de unos hechos que nadie vio resulta tan minucioso y tan imposible de demostrar que al final, en vez de arrojar luz sólo arroja sombras y dudas), lo cierto es que la gran mayoría de la sociedad, no tan sutil pero sí quizá más cabal, se hizo una imagen bastante clara y sencilla de lo que en realidad ocurrió esa nefasta mañana del 7 de julio de 2008. Si eso no está probado, apaga y vámonos. El abogado de la defensa declara sentirse satisfecho de su trabajo y estoy seguro de que es así. Consiguió que no se consideraran probados ciertos hechos que podían haber modificado esencialmente la calificación del caso. Y eso es, sin duda, un éxito suyo. Pero, por otro lado, no puede evitar que en la mentalidad de la ciudadanía quede una vez más un resquemor irresuelto por esa repetida y oscura relación que, al final, siempre se olfatea entre la justicia y el dinero. El Tribunal Supremo no puede cambiar los hechos probados en el juicio y desestima, como se podía prever, los recursos presentados. De acuerdo. Esto es el punto final. Pero no deja de ser alarmante, por no decir otra cosa, la constatación de que, como ponía en evidencia la primera página del periódico de ayer, el homicida podría empezar a beneficiarse de permisos carcelarios de fin de semana a partir del próximo agosto. Y solicitar el tercer grado en 2014. La sensación general que se queda flotando en el aire es: ¡Qué barato! Demasiado barato.