la Feria del Toro -marca distintiva de Pamplona en el conjunto de las ferias taurinas desde hace más de medio siglo- ha entrado en preocupante declive. En lo artístico y en capacidad de convocatoria. El toro-toro aburre. Por la incapacidad de resignadas y manidas ternas de toreros, y por lo repetitivo de actuaciones concebidas con épica y barullo, sin dominio ni serenidad. Los toricos para figuras facilitan faenas vistosas -aunque sin emoción ni hondura-, cuando no las impiden por falta del mínimo trapío. Hay excepciones, pero lo común es la mediocridad, la vulgaridad, el aburrimiento y el camelo. Matadores abúlicos y subalternos sobrepasados. Hasta la corrida de rejones -maravillosa exhibición de doma de caballos- parece ya un tres en uno: tres rejoneadores y una misma concepción de las faenas. La ausencia de primeros espadas del escalafón supone cada año carencia relevante. Pamplona es plaza con una exigua proporción de aficionados taurinos. El público se entusiasma con pares de banderillas a toro pasado y exclama admiración ante penetrantes y eficaces estocadas fuera de sitio. La presidencia premia el paisanaje y claudica ante la petición de orejas tras indignos sablazos. El cartel de "no hay billetes" era habitual en las taquillas, favorecido porque la fiesta de tarde se concentra en el coso taurino. Por la tarde, la fiesta está en la Feria. El programa diario se diversifica una vez arrastrado el último toro. El balance ganadero y artístico seguramente pueda equipararse al de otras ferias punteras. Sin embargo, el declive en la capacidad de convocatoria ha de resultar inquietante para una empresa taurina peculiar como la Casa de Misericordia. La renovación de abonos se resiente, incluso con la oportunidad concedida este año para el cambio de titulares; las peñas tienen serias y crecientes dificultades para vender sus abonos; algunas tardes sobran entradas -a pesar de la sostenida congelación de precios- y el graderío alto enseña cemento numerado; la rotación de asistentes recorta la fidelidad de antaño porque los titulares del billetaje venden o regalan sus entradas. El público de los tendidos de sol -seña de identidad de la idiosincrasia de la plaza de Pamplona- ha conocido tiempos más atentos, críticos y ocurrentes. Ahora, la indiferencia domina desde el primer toro. La andanada peñista es un botellón de ingesta y aspersión, cuyos molestos protagonistas no repiten más allá de dos o tres corridas. Estas pasadas fiestas, las peñas alborotaron los escasos momentos de lucimiento artístico y dejaron pasar justificadas ocasiones para la bronca descomunal, como ante dos inválidos morlacos de Nuñez del Cuvillo. Los síntomas de retraimiento en el respaldo social son evidentes. El éxito humilla. Riesgo de puntilla.