un dirigente sin carisma abrió a doble página la sección de política navarra de este periódico el pasado domingo. Roberto Jiménez desparramó en respuestas su manido discurso. Jiménez, secretario general y protagonista del mayor varapalo electoral del PSN-PSOE, rentabiliza feliz su fracaso: vicepresidente 1º y consejero de Presidencia, Administraciones Públicas e Interior del Gobierno de Navarra. Además, ha hecho partícipe del reparto de prebendas a la inmensa mayoría del aparato del partido, cómplice de su ridiculización en las urnas. Hasta sus antiguos disidentes babean sumisos y orgullosos con cargos, despachos y retribuciones. Cayó bajo en el recuento de votos, pero aún ha caído más bajo al lamer con unción las alfombras palaciegas tendidas por Barcina. Jiménez atribuye a algo tan escasamente ideológico y miserablemente mercantilista como el "posibilismo" la formación de un gobierno de coalición. La presidenta lo vende como un freno a la influencia de Bildu en Nafarroa. La verdad cruda esencial es que Yolanda Barcina necesitaba del PSN para llegar al gobierno (pura aritmética sin otras cuentas posibles) y que los socialistas estaban deseando participar del mismo. Les une la identidad diferenciada de Navarra -que ya ni muchos nacionalistas vascos discuten- y tres objetivos de legislatura: "Crecimiento económico, creación de empleo y mantenimiento de las políticas sociales". Estos enunciados pueden ser compartidos desde cualquier sensibilidad política, pero los métodos estratégicos para alcanzarlos tienen que ser distintos y distantes si nadie renuncia a postulados ideológicos de relevancia. Sin embargo, el PSOE no ha parado de conjugar ese verbo: desde la renuncia al marxismo hasta, en el caso de Navarra, la obstinada renuncia a separarse de los conservadores. Jiménez ya se ha tragado algunos de sus pretendidos logros: el aborto se realizará fuera del sistema público de Salud y la implantación de Medicina en la UPNA requerirá, de entrada, de un nuevo estudio económico. Por otra parte, la falta de acuerdos en los Ayuntamientos y en las Cortes Generales revela la subordinación de las lealtades a futuras contingencias electorales. Pero donde Jiménez desnudó su incompetencia fue en una afirmación retrospectiva y en un pronóstico con ínfulas de infalibilidad: el resultado del PSN (22 de mayo) le "sorprendió" -tenía, confesó, otras expectativas-, pero "nadie dude de que el PSN saldrá reforzado para las próximas elecciones". ¿Será el 20-N esa franca resurrección del PSN del valle de los caídos? Tampoco dudaba que su llamada "oposición responsable" -"sacrificado y generoso tributo socialista a la gobernabilidad y estabilidad de Navarra"- obtendría reconocimiento social. Dudar es de sabios. Mudar, de oportunistas.
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