Una misteriosa dama se me acercó en la noche sanferminera. Disfrutaba de mi habitual secuencia de pancartas y charangas en una acera de la calle Jarauta, casi recostado en la pared. La sorpresa, la penumbra y su sombrero me impidieron reparar en sus rasgos faciales. Dijo algo de pasada, que hubo de repetir: "Escribe sobre nuestra generación". O eso descifré en medio del estruendo. Sin saberlo, me dio tema para hoy, fecha de mi cumpleaños. Quizá a las personas de nuestra generación -la desconocida se asimiló a mi edad- nos hubiera gustado nacer tres décadas después. La experiencia de treinta años bajo el yugo del franquismo resultó tediosa y castradora. Aquella sociedad pamplonesa oscura, conservadora y clerical -que vestía sus domingos con curas y militares- es una vivencia abominada en mi memoria. Largo periodo robado al crecimiento personal en libertad. Discriminación por sexos en las bancadas de las iglesias. Y en las piscinas, donde los usuarios estaban obligados a recato en los bañadores: de una hermética pieza para ellas -de modo que recogiera bien toda su identidad morfológica- y holgados para ellos, sin marcar paquete. Hasta la Plaza de Toros reservaba un tendido específico a mujeres y niños en los encierros. Una educación masificada, segregada y memorística, con demasiada religión teórica y práctica, una Historia manipulada por los vencedores, y una estúpida y frustrada formación del espíritu nacional. La lengua vasca estaba perseguida y el francés representaba, según la denominación de las asignaturas, el "idioma moderno". Puramente lectivo, porque la frontera era impermeable, la televisión por satélite inexistente y las películas en versión original desconocidas. La censura controlaba medios de comunicación y publicaciones. Las homilías eran aterradoras. Los estudios universitarios estaban al alcance de las familias pudientes, con casi obligada movilidad a Madrid o Zaragoza. Estudiantes de familias obreras dependían de becas, sacrificio familiar, y esfuerzo académico y laboral de los interesados. Algunos empezaban su escalafón laboral como macas o botones. Diputación y la Caja eran los destinos profesionales soñados en las familias de entonces. La presencia de la mujer en el trabajo no doméstico era sectaria en sectores y condiciones laborales. Las relaciones juveniles se establecían por cuadrillas masculinas o femeninas, con cruce de miradas en el tontódromo de Carlos III y tímidos roces en unos insípidos guateques. Un noviazgo casto, vigilado y custodiado, el cumplimiento del servicio militar obligatorio o de su homólogo femenino de corte y confección, un puesto de trabajo, la boda por la Iglesia y la pronta descendencia constituían el orden sociocultural de las cosas. Un desorden de lo racional.
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