¿Qué tienen en común gente como el artista Andy Warhol, el príncipe Carlos de Inglaterra, el multimillonario Bill Gates o el magnate de la prensa derechista Rupert Murdoch? Bingo. A todos ellos les cayó o les ha caído en algún momento de su vida pública un tartazo en la cara. No he escogido los ejemplos al azar. Todos son del mundo anglosajón. Y es que esta empalagosa forma de agresión y/o protesta (bórrase lo que no proceda) tiene su origen en los años 70 en Estados Unidos, de donde pasa primeramente a otros países de su misma esfera lingüística. A la Europa de habla no inglesa llega una década más tarde. Entre las víctimas continentales del merengue y la nata montada se cuentan gente como el canciller alemán Helmut Kohl, la escritora francesa Margarite Duras o el filósofo de la misma nacionalidad Bernard Henri-Lévy. En el mundo de habla hispana el elenco de gente que ha sufrido tan dulce castigo va desde el presidente boliviano Evo Morales al escritor, presentador y pederasta confeso Sánchez Dragó. Este es el selecto y variopinto club en el que acaba de ser admitida nuestra presidenta Yolanda Barcina. Se comprende el alborozo con el que la acción de los militantes ecologistas ha sido acogida por muchos navarros que detestan la política de Barcina. Pero tan comprensible como eso es el disgusto de otros muchos habitantes de esta provincia que han visto en el tartazo un incalificable ataque a su, lo quieras o no, principal representante institucional. No eran buenos momentos para Barcina, atrapada de lleno por el escándalo de las dietas justo cuando más palpables empiezan a ser las consecuencias de su política de recortes. Tendría maldita gracia que la acción de Mugitu! contribuyera a frenar su cuesta abajo en la opinión pública. De momento las tartas robaban plano a un tema mucho más preocupante para la presidenta: la respuesta a la convocatoria de huelga en la enseñanza pública. Por cierto, ¿todavía nadie ha pedido explicaciones sobre la carga de la Policía Foral?