Sonrisas y lágrimas
Ahora ya sabemos cómo nos la van a meter. Llegará el ministro o la ministra de turno, el presidente o la presidenta de marras, y cuando empiece a desgranar delante de las cámaras el paquete de medidas que directamente nos mande al infierno, saldrán de sus ojos lágrimas que muestren su dolor por los sacrificios que nos esté pidiendo. Aquí, la última vez que un/a político/a prorrumpió en llanto en un acto público no faltaron recios analistas que escribieron eso de que "a la política hay que venir llorado". Ahora, en general, ha sido de guante blanco el trato dispensado a la recién nombrada ministra de Trabajo de Italia, la catedrática universitaria Elsa Fornero, quien este fin de semana no pudo contener las lágrimas delante de toda la prensa de su país cuando explicaba el durísimo plan de recortes que ha aprobado su Gobierno como vía para salir de la crisis. De nuestros gobernantes, estamos tan acostumbrados a rostros de hielo y sonrisas de cartón piedra, a pulsos que no tiemblan y ojos que niegan lo que la boca dice, que una reacción de este tipo, de puro extraordinaria, en vez de minar la credibilidad de su autor/a le otorga un plus de confianza ante la ciudadanía. Algo que vale oro en estos tiempos de indignados. Por aquí, marianos y yolandas habrán tomado nota y estarán ya contratando los servicios de algún instructor que les enseñe cómo es eso de llorar en el momento en que nos anuncien el Apocalipsis. En esa Escuela Navarra de Teatro abocada al cierre por el desmoche presupuestario foral no faltarán profesionales que enseñen a eso y mucho más. Será por lágrimas. En lo que no creo que nuestros presidentes se pongan a imitar a los italianos es en cuestiones salariales. Con el anuncio de las draconianas medidas de ajuste, el nuevo primer ministro italiano Mario Monti informaba de su renuncia a dos de los tres sueldos que recibía. Aquí nuestra presidenta se acaba de subir el suyo.