Gallardón la clava
Cuando era alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón iba de moderado. A veces hasta de progre. Supongo que tener cerca a fenómenos como Esperanza Aguirre o Ana Botella puede hacer que, por comparación, cualquiera parezca un cruce entre Lenin y John Lennon. Ha necesitado convertirse en ministro de Justicia para salir del armario y ejercer como portavoz de la caverna. "Una violencia de género estructural obliga a las mujeres a abortar", dice el cachorro de Rajoy para justificar sus planes de reforma de la ley en vigor. Y la verdad es que Gallardón la clava. Efectivamente, existe una clara violencia de género estructural que, entre otras cosas, obliga a la mujer a tomar una decisión en muchas ocasiones traumática para ella. Una violencia estructural que se plasma en la falta de información, por ejemplo. O en la ausencia de otras alternativas anticonceptivas. Y qué decir de la presión del mercado laboral, que penaliza a la mujer y, aún más, a la mujer embarazada. Existe, sí, una violencia de género estructural, que tiene todos los visos de aumentar por decisiones que ya está tomando el Partido Popular, al que pertenece Ruiz-Gallardón. Unos de los primeros paganos de la política de recortes del PP son los programas de información y prevención en materia sexual, desde siempre en el punto de mira de los ultraconservadores. Las restricciones al suministro de la píldora del día después aparecen también como otro de los objetivos del actual Gobierno. Y cada vez se vislumbra de forma más nítida que la gran víctima de la reforma laboral no va a ser otra que la mujer, a la que una legislación que facilita el despido hasta límites indecibles y restringe bajas y permisos va a poner permanentemente entre la espada y la pared de elegir entre ser madre o seguir trabajando. Bien pensado, quizás era cierto lo del Gallardón moderado que ahora se suelta la melena y arremete contra la política de su patrón. Todavía no sé cómo sigue de ministro.