La oficina de colocación ha funcionado: Roberto Jiménez seguirá en la nómina política. Predecible. Previsto desde que el barón navarro apoyara a Pedro Sánchez y un hombre de su confianza dirigiera la campaña del entonces candidato. El nuevo secretario general del PSOE lo ha integrado en la Ejecutiva Federal (38 miembros) aprobada en Congreso Extraordinario (86% de los votos). Ha tenido la virtud de confiarle el cargo que un sector de la militancia socialista navarra, la oposición parlamentaria foral y buena parte de la sociedad demandaba: la secretaría de Emigración. Que haga las maletas y atienda a las agrupaciones en el exterior. Desde la óptica de los damnificados por la gestión política de Jiménez, el nombramiento tiene sorna: emigrante forzoso de la política navarra. Un alivio, la verdad. Sin embargo, el ascenso jerárquico confirma que la valía es un factor secundario en los criterios internos de selección de personal. Premio para el depredador de los votos y la credibilidad del socialismo en Navarra. El PSN desciende, su líder asciende. El PSN toca suelo; Jiménez, techo. Confianza federal a quien la dilapidó en su territorio natural. Humillado ante la Comunidad Foral (Madrid revolcó compromisos firmes reiterados, aunque “El PSOE en Navarra soy yo”), ensalzado al escaparate estatal. Sánchez embalsama cadáveres con el barniz de los cargos. Así les va a los partidos políticos. En lo que concierne al PSN, Roberto Jiménez tranquiliza con la confirmación de que no estará en la próxima dirección. Sería deseable: ni con sus hechos ni con su influencia. En cuanto al PSOE, anuncia que “no habrá sectores ni sensibilidades”. Mutilación, por tanto, de la legítima disidencia dentro de la férrea disciplina. El nuevo secretario general del PSOE recurre a un tópico devaluado: Ejecutiva de “integración y unidad”. Dos principios convencionales en el discurso poscongresual, destinados en la práctica a darles emigración. Como a Jiménez.
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