Septiembre político. ¡Qué pereza! ¿Alguna cara de asombro cuando Barcina anunció su disposición a ser candidata por UPN en 2015? Como suspende, quiere repetir. Hasta tenía el suplicatorio de Alberto Catalán, su rival para la presidencia del partido en aquel congreso de apretado resultado en unas votaciones viciadas de sospecha de manipulación. El farmacéutico corellano falló en la fórmula magistral de su rebotica política y ahora tiene que enfundarse otra vez la bata de mancebo para seguir con nómina pública. A ver si lo consigue, porque la jefa aparta a quienes le tuercen el gesto. La lista de pruebas no es corta. Barcina gobierna sin apoyo parlamentario, pero con el del PP nacional y los altos tribunales. Sus lemas de campaña, manidos: apropiación de la identidad navarra, nacionalismo español y victimismo. UPN arriesga: ningún candidato va a excitar tanto el voto de rechazo social. La fidelidad interna a Barcina responde a lealtades y a miedos. La fidelidad a su sigla es visceral y tozuda, desnuda de crítica. Tampoco es desdeñable la fidelidad de cartera. El PSN está desmantelado en rencillas. El mentidero de posibles aspirantes a la secretaría general disuade de ilusiones. Le volverá a fallar el intermitente izquierdo. El PNV quiere que Uxue Barcos sea el cartel de Geroa Bai. Y babea por compincharse con el PSN, en aras de la transversalidad y, sobre todo, de la suma. La conjetura aritmética más solvente pasa por el entendimiento con EH-Bildu y el PSN tiene confirmada su negativa a esa alianza formal o coyuntural. Es probable que los cálculos del cambio hagan prescindible al PSN y no a la izquierda abertzale. EH-Bildu se mueve en la presunción razonable del éxito, que no debe distraerle de ahormar un programa y una estrategia más sensibles con la realidad que con sus deseos óptimos. Para alcanzar el cerro no hay que ser cerril. Y toda la alternativa pendiente de que Podemos pueda recolocar el tablero. Si mueve ficha.