La llamada telefónica me entró cuando estaba en la sobremesa de una comida navideña, fuera de casa. Nunca imaginé que la recibiría. En el momento, me sorprendió; a las horas, me emocionó. El comunicante se identificó tras saludar y confirmar que yo era la persona buscada, pero lo distendido de mi situación y el ambiente de conversaciones cruzadas me impidió la percepción clara de su nombre. Capté que es vecino cercano y que un amigo común, también periodista, le había facilitado mi número de móvil. Mi atención se agudizó cuando pronunció seguidos los dos primeros apellidos de mi rama paterna, algo casi inédito para mí, habituado a la combinación del primero paterno y del primero materno. En la vida escolar porque lo común del primero forzaba el uso del segundo para distinguir y ordenar la lista. En mi dilatada vida laboral, esa combinación fue una marca profesional. Un historiador recababa información acerca de unos prisioneros del fuerte de San Cristóbal durante la guerra española del 36. Los registros de visitas constataban la visita de Carmen a Joaquín, pero figuraba también un tal Lorenzo. Lo único que le pude confirmar es que Carmen fue la única hermana de mi padre con quien tuve relación, fallecida otra en mi infancia. En algún rincón de mi memoria se guarda el borroso recuerdo de una relación Carmen-Joaquín-San Cristóbal, fruto de alguna mención ocasional. “La guerra”, como solía simplificarse en las menciones al levantamiento militar contra la II República, no era tema de conversación familiar ni en los momentos de evocación del pasado. ¿Fatiga moral, temor político, preservación de la armonía? Jamás supe que un tío carnal mío -cuyo destino final también desconozco- figurase entre los represaliados por el franquismo. Ahora me siento aún más concernido por la memoria histórica, su indagación y su respeto. La pena es que mis portadores de la transmisión oral hayan quedado en la cuneta de la vida. Tras perpetuo silencio.
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