La columna vertebral de los Sanfermines está articulada por vértebras de iniciativa social. La espontaneidad popular construye el carácter de la fiesta de Pamplona, tan peculiar, envidiado e imitado. Desde el chupinazo hasta el pobre de mí, e incluso hasta el encierro de la villavesa. Carácter denostado, también, por primario, irreverente, invasivo, tosco y excesivo. La carrera delante de astados en encierrillo y encierro, la copla al Santo y su exposición en Santo Domingo, el estribillo de la escalera, la participación contestataria en el Riau-riau, los homenajes musicales durante la procesión, el ingenio mordaz en los tendidos de sol, el Struendo de Iruña, distinciones como el Bombo de La Jarana o el Gallico de Napardi, el premio a la carne de toro más sabrosa creado por Gazteluleku, el rito fúnebre del pobre de mí, el humor de las pancartas, han surgido de la creatividad del paisanaje local. Sin ser exhaustivo. El mismo que ha sublimado con su entusiasta asistencia el primer cohete, los desfiles procesionales, el paseo taurino-musical previo a la corrida, la oficializada clausura de fiestas y otros actos de raíz institucional. Sin la creatividad, explosividad, heterodoxia y rebeldía popular, los Sanfermines no tendrían su inequívoca seña de identidad. Son fiestas viscerales, intensas e incómodas. Válvula de escape. Esa soberanía popular no reglada genera tensiones y conflictos con una autoridad severa y envarada. La concordia y la discordia se excitan con pañuelo rojo al cuello. Con la perspectiva de un siglo, los Sanfermines han sido politizados, rotos y judicializados. El caso más reciente concierne al llamado encierro de la villavesa. Correr delante de un autobús cuesta arriba es peligroso; correr delante de un remedo de Induráin, grotesco. Pero no deja de ser una puesta en práctica del invocado “todos queremos más”. Una barrera policial al final de Estafeta desafió al sainete en curva con riesgo. De embestidas.