El fútbol profesional es una burbuja económica y una burbuja emocional. Ninguna de las dos interesa pinchar. Una, por el negocio; la otra, como antídoto de malestares sociales: ocupa tiempo, conversaciones, discusiones y se lo hurta a cuestiones de mayor calado. Osasuna ha tirado por tierra su histórica imagen de club modesto, noble y ejemplar. Figura ya en la clasificación de los tahúres. Ha defraudado a Hacienda, al juego limpio, a una gestión honrada y a la sociedad navarra (cándida y entusiasta). Ha mentido al Parlamento y al Gobierno en su demanda urgente de una solución de emergencia. Ni el club contó toda la verdad ni las instituciones políticas y los gestores del dinero público tomaron la precaución básica de contrastar los datos. Hasta creyeron ver malévolas objeciones de identidad política en quienes reclamaron calma y sensatez. Defendieron unos colores que ahora les han sacado los colores. Me lo dijo en un encuentro casual en la Estafeta el presidente de la Gestora: “Si decimos toda la verdad, el club desaparece. Y la sociedad navarra no quiere eso”. Una mayoría parlamentaria interpretó ese mismo sentimiento y tragó encantada la precipitada ley propuesta por el Gobierno de UPN, que generó dudas en instancias europeas. El desenlace podría acarrear consecuencias deportivas y penales. Hay más de lo sabido. En lo deportivo puede ser más sanador una refundación que una restauración. De los aires de grandeza del deporte navarro en equipo (fútbol, balonmano femenino y masculino, el ciclismo de Reynolds), a la cruda realidad de nuestro tamaño demográfico y económico. Donde no hay cantera tiene que haber cartera. Espejismo eclipsado. El Pabellón Navarra Arena se yergue ahora como un templo anacrónico antes de inaugurarlo. Unos políticos laxos, un gerente cómplice y silente por “obediencia debida”, unos directivos transgresores, otros ignorantes, y ¿prensa y jugadores en la inopia? Osasuna no es salud. Escudo deshonrado.
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