La última sílaba de su primer apellido no es casual. Es sentimental. Es patriótica. BarciNA renuncia a figurar en puesto de salida en la lista al Parlamento y lo admite por UPN. O sea, por Navarra. Ella hace de la auténtica Navarra patrimonio de UPN, el partido que aún preside. Es una mácula contumaz del regionalismo. Odiosa y sectaria apropiación. Podía haber figurado en el número cincuenta de la candidatura -apoyo testimonial-, pero sometió su oferta de colaboración con el nuevo cabeza de cartel a la exigencia de que la incluyera en puesto de salida. Siempre ese toque de arrogancia. Esparza apreció desde un principio y nunca rechazó esa disposición a ayudar, por lo que sorprende su candidez ante las pretensiones reales de la candidata. La falta de firmeza inicial para marcar el territorio de un criterio propio ha obligado a un ridículo episodio. Un gesto tan sencillo como hacer notar a Barcina que estorba en la parrilla de candidatos. Como cabeza y en cualquier escaño. Sería el punto de fuga de las miradas censoras de los rivales y de las pegas de posibles aliados. Un contrasentido para la renovación y un lastre para el cambio de estilo. La apariencia está resuelta, pero el mando interno lo tiene Barcina. Y le quedan un par de años. Su imagen está dañada. En la ética, por sus dobles y triples dietas opacas y su diligencia para reclamar unos euros de la UPNA. En política, por su ruptura de un gobierno de coalición sin someterse después a una cuestión de confianza, por su coqueteo mediático con la extrema derecha y por su resignada abulia en situación de debilidad parlamentaria. En clave de partido, desunió a la militancia, mantuvo la presidencia en votación bajo sospecha, se ha visto obligada a renunciar a la candidatura presidencial y ha sido humillada con el desprecio. Tampoco le ayudan ni su autoritarismo ni su capacidad para la mentira. Ahora bien, la foto del currela no debe distraernos de la identidad del empresario.
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