Hay días en los que, dicen, no se puede hablar en este espacio de política -hoy es uno de ellos- y entonces nos percatamos de lo contaminados que estamos. Uno engorda desde hace décadas un congelador en el cerebro que rebosa de asuntos, visiones, pensamientos surgidos en un bar o en la playa, genialidades del prójimo intelectual o analfabeto, o con ambas sombras al mismo tiempo, apuntes tomados en un tren lejano o en la cama, frases consideradas ayer sentencias aristotélicas y que hoy huelen a incienso de Coelho, infinitos flecos de esa realidad siempre más grande y hermosa que la actualidad. Y por culpa de esta, de su aplastante presencia, casi nada aparece luego por aquí. Quizás sea mejor para ustedes.

Sin la agobiante politización que nos rodea, que no respeta el deporte ni la cultura, ni siquiera la micología, la estética y la hidrología, tal vez hablaría de la infelicidad que he intuido en bastantes personas de vida alegre, nada influenciadas por el obispo. O de esos cosmopaletos, bautizados ciudadanos del mundo, que desprecian lo propio y atiborran sus casas de trapos mayas y bisutería hindú, como si lo indígena allí no fuera tan indígena como lo indígena aquí. Hablaría de cómo la moda impone que el bigote es facha hasta que de pronto establece que es cool, trendy y hipster. Y del yiddish en la Palestina de 1930 y de cómo tus ojos son azules porque miras mucho al mar. Hablaría de las tímidas chicas de Palmira y de esa edad absurda, entre guerras, la llamo yo, en la que más que beber vino el adulto se emborracha de enología. Y qué le vamos a hacer: volveremos al rey, al himno y a la madre que los parió. Al parecer no queda otra.