El arzobispo de Madrid ha piticlineado al marido de Pedro Zerolo para darle el pésame. Así que el viudo del impulsor del matrimonio homosexual ha recibido las condolencias de la Iglesia. Tras la tristísima muerte de Nelson Aldrich Rockefeller, que fue vicepresidente de los EEUU, el Gobierno cubano se gastó 30.000 dólares en unas coronas de flores que mostraban esta leyenda en la cinta: “Con nuestro sentido pésame a la familia Rockefeller. Fidel y Raúl Castro”. La vida es ese tiempo que pasa mientras nos llamamos vegetarianos con un solomillo entre los dientes. El mismo Nelson es ejemplo de ello. Aunque los suyos explicaran que descansó en paz en su oficina de Manhattan, con las botas puestas hasta el último instante, lo cierto es que sufrió descalzo un ataque cardíaco en plena acrobacia con la secretaria en su casa de Maine. Él tenía 70 años y ella 43 menos. El amor lo puede casi todo.
Yo creo que el arzobispo obra de buena fe y no de modo hipócrita. En su berenjenal de peras y manzanas es compatible considerar a un prójimo pecador, destructor de la familia y máxima expresión de la decadencia de Occidente y, al mismo tiempo, esforzarse en buscar el número de su marido, viudo y cómplice y decirle sin mentir: “Siento el fallecimiento”. Claro que si su humanidad fuera más allá lo que deberían sentir ese arzobispo y lo que representa es haber tratado tan mal al fallecido y a lo que este en vida representaba. De poco sirve compadecerse de corazón si la cabeza sigue inmutable. Al menos hemos ganado en buen rollito desde aquella necrológica de Einstein en ese gran diario conservador: “Fue un judío ignorante y sucio empeñado en destruir la imagen de Dios”.