Durante los últimos veranos hemos leído y oído que en algunas fiestas se han cometido varias violaciones y agresiones sexuales. A menudo la violación y la agresión sexual se referían al mismo acto terrorífico. A veces uno se enteraba de que el agresor o violador había intentado besar a una forastera en la calle Estafeta después del encierro. A veces, había penetrado brutalmente a una vecina en la Vuelta del Castillo. Voy descendiendo por la columna con pánico a pisar al lector y en especial a la lectora, así que por si acaso subrayaré lo obvio: me parece asqueroso acosar, meter el morro, manosear, abusar y, por supuesto, agredir y violar. Asusta tener que aclararlo. Pero también recordaré que ni para la ley ni para el sentido común todo es lo mismo, y que quizás sería oportuno concretar el delito para no aguar su importancia.

Tirando por elevación, considerando todo ello agresión o violación no se consigue que la bravuconada vomitiva de un borracho se tome por un hecho peor de lo que es. De tal modo más bien, y más mal, se diluye la extrema gravedad de una verdadera agresión o de una probada violación. No soy el único que hoy, sin discutir su existencia, se pregunta de qué hablamos exactamente cuando un colectivo denuncia un ataque sexista. ¿Es conveniente potenciar esta duda y ambigüedad al igualar cualquier conducta que atente contra la dignidad de la mujer, desde un comentario machista hasta un arranque violento, pasando por un irrespetuoso afán de besarla? Yo pienso que no. Llamando fascista a quien nos molesta e incluso agobia no se le ofende mucho. Y es la peor manera de devaluar el crudo horror del fascismo. No sé si me explico.