El éxodo del Mariel celebra sus bodas de plata con la libertad, y si Reinaldo Arenas viviera nos reconfortaría con sus chisporroteantes palabras. El escritor cubano pudo huir del paraíso no por ser homosexual, sino por engañar a la autoridad y afirmar serlo solo de forma pasiva. Sometido al interrogatorio de un tribunal militar, tuvo que explicar al detalle que lo suyo era más recibir que zumbar. En otros parajes se diría que el pasivo no tiene perdón de Dios y se le da por perdido. En aquel edén se decidía que no tenía cura y se le entregaba el pasaporte.

Ser activo era otra cosa. Uno no erosionaba su hombría ni era considerado indeseable, lumpen, antisocial y en consecuencia desterrable. Claro que, a cambio, se le cerraban las puertas de salida del país, lo cual llevó a que declarados homosexuales se vistieran de mujer, se maquillaran en exceso, casi gritaran sus querencias pasivas y así, con el beneplácito de una soldadesca metida a jurado de Gran Hermano, lograron alcanzar Florida. Los maricas detenidos en el franquismo por su condición sexual eran enviados a diferentes cárceles en el caso de que fueran activos o pasivos. Los primeros a Huelva, los segundos a Badajoz. Manuel Fraga y Fidel Castro eran compinches.

De bodas, bodicas, y ayer se casó Javier Maroto. Y con amor infinito lo han felicitado muchísimos pasivos y bastantes activos, sí: muchísimos activos militantes contrarios a que el deseo matrimonial de su amigo se convirtiera algún día en realidad; y bastantes pasivos mudos cuando ese deseo, ese derecho, incluso esa ley que ya lo bendice, han sido negados, cuestionados y rechazados. Yo no entiendo, la verdad. Y yo no entiendo la mentira.