Fernando Trueba ha osado afirmar que no se ha sentido español ni cinco minutos en su vida, y la confesión ha encendido a los patrioteros de guardia. Unos, entre los que se encuentra Hermann Tertsch, se han ciscado en el cineasta sin haber leído el Arte de insultar, de Arthur Schopenhauer, ni imitado a Joaquín Navarro, quien al menos sacó brillo al diccionario describiendo de este modo a Baltasar Garzón: “San Pinocho de Jaén, mendaz, exhibicionista, frívolo, fisgón, chismorrero, vacuo, sayón, tosco, patrañero, bufónido y anuro chipirón”. Vamos, que lejos de gastar genialidad se han quedado en llamar trincón, feo e hijodeputa al estrábico. Otros, entre los que se halla casualmente Hermann Tertsch, lo han tachado además de incoherente y caradura por aceptar el Premio Nacional de Cinematografía.
En cuanto al despliegue de tacos, el argumento escrotal, cabe entenderlo como una muestra de españolismo inclusivo y acogedor. O usted siente y se siente como yo, o usted no siente y ni siquiera se va a poder sentar. Por lo que respecta al impulso digamos reflexivo, ese que juzga incompatibles la desgana apátrida y la admisión de un galardón institucional, basta leer cualquier constitución para enterarse de que el ciudadano está obligado a respetar las leyes, no a emocionarse con un himno o adorar un gentilicio. Fernando Trueba paga impuestos sin necesidad de sentir nada salvo dolor en el bolsillo. Ese cumplimiento del deber es suficiente para disfrutar de los mismos derechos, incluido el de ser premiado, de los que gozan Manolo el del Bombo, Belén Esteban o, ya que estamos, el iberísimo Hermann Tertsch. ¡Se sienten, coño! Se sienten lo que yo mande.