Tranquilidad
Yo el bacón, las salchichas y todas estas cosas envasadas la verdad que no suelo comer. En fecha, me refiero. Me gusta esperar a que se vaya acercando el día en el que caducan, aunque un poco antes las abro, para que terminen de ponerse resbalosas. Me las zampo siempre -me gusta cumplir las normas- el día fijado por la empresa fabricante, aunque si hiciese caso a muchas voces -esto pasadas dos o tres semanas está tan bueno, lo que pasa es que le ponen fecha temprana para que comamos más o las tiremos y compremos otras, los muy cabrones- podría comérmelas hasta que fuesen capaces de ponerse de pie por ellas mismas. Yo he visto en mi frigorífico salchichas haciendo el Cristo en las rejillas de las resistencias superiores. He visto lonchas de bacón ponerse encima de la bombilla de la luz para broncearse. Una vez vi a una hamburguesa liándose un peta con el papelillo que las separa las unas de las otras. ¿Cáncer por comer eso? Imposible. Esa gente estaba en lo mejor de la vida, sanas como lechugas -esa cosa que en su tiempo fue verde y que algún día deberías de sacar del compartimento de abajo o cuando menos llamar a los Tedax-, no hay nada que temer. Y mucho menos si tiene usted un gobierno como el navarro, que ayer mismo le recomendaba “calidad, variedad y moderación” en la dieta ante los últimos informes de la OMS, un consejo de lo más sensato, como el de acordarse de respirar y el de no meter la cabeza en el horno a la vez que esté saliendo gas. Coma usted tranquilo y salga a la calle a pasear la media hora de rigor, mientras sortea alegremente esos coches que emiten óxido nitroso, monóxido de carbono, dióxido de carbono y de azufre, plomo y sulfuro de hidrógeno. No pasa absolutamente nada. Ha comido usted tanta mierda a lo largo de su vida que todo ese veneno emitido legalmente no tiene huevos de entrar en su organismo.