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La gente valiente

Patricia, la corresponsal de este periódico en el Pirineo, publicó el miércoles la historia de Alicia y Luismi, que hace 15 años, sin llegar ninguno a la treintena, dejaron su trabajo -uno de ellos en Pamplona- para abrir una casa rural en el valle de Arce, una casa que se conoce como Agroturismo Maricruz, en la que también ofrecen alimentación tradicional y sana -me niego a llamarle ecológica, porque la mera definición pareciera que lo etiqueta como a algo extraño que se busca únicamente con conciencia mercantil, cuando de extraño y mercantil no tiene nada: es comida natural, sin venenos varios-. 15 años más tarde, la apuesta sigue en pie y hace unas semanas han inaugurado su último reto, una pequeña casa en un árbol. Solo ellos saben qué niveles de esfuerzo les supuso abandonar trabajos fijos y alejarse de las oportunidades y comodidades que supuestamente ofrece una ciudad, pero seguro que hace 15 años muchos los tacharon de locos, algo que también les pasa a Marisa y Fiorenzo, en Aribe, o a Maite, en Garaioa, o a todos aquellos que se alejaron del ruido real y ambiental de las grandes aglomeraciones humanas. Ganarse la vida lejos de núcleos grandes no es per se ni más sencillo ni más idílico ni menos áspero que otras opciones y seguro que tendrá sus épocas durísimas y otras más amables, al igual que para cualquiera. Pero no cabe ninguna duda de que cuando la tendencia que se observa y que se retroalimenta desde las instituciones es la de que nos vayamos amontonando como piojos ver que ciertas personas han tenido la valentía de, siendo su opción personal, hacerse caso a sí mismos y apostar a tope merece -al menos para mí- todo el reconocimiento. Nadie es peor ni mejor que nadie por vivir donde vive, pero ellos y muchos otros son absolutamente necesarios para que esta tierra que ayer celebró su día no se convierta del todo en un erial.