Síguenos en redes sociales:

Vestirse diferente

Volvía ayer andando a casa y me fijé en un chaval que estaba con su padre viendo un partido de fútbol en el patio de un colegio. Tendrá unos 9 o 10 años. Va en silla de ruedas, porque tiene parálisis cerebral, no sé si adquirida o de nacimiento. Aplaudía con sus manos torcidas y de vez en cuando le pasaba el dorso de una de ellas a su padre por la mejilla, el clásico gesto de cariño que al que lo ve desde fuera le parte el corazón y le desbarata un buen rato de su supuesta vida perfecta. He visto otras veces a ese chaval, acompañado por otros niños en parecida situación a la suya, mientras unos cuantos voluntarios les pasean, cuidan y entretienen para así dar algo de descanso a sus familias. Son jóvenes de poco más de 20 años que dedican parte de sus ratos libres a ocuparse de los demás. Algunos ocupan edificios, otros se ocupan de los demás. No tengo nada en contra de que determinada juventud exija espacios propios en una sociedad en la que las políticas económicas y laborales les han convertido en meros detritus y mano de obra tirada e intercambiable, aunque no me parezca lo más perfecto ocupar unilateralmente algo, aún entendiendo que es la manera de hacerse oír para al final obtener una alternativa real y factible, aunque, eso sí, me gustaría ver la reacción de Podemos, IE y Bildu si la ocupación la lleva a cabo otro tipo de juventud, pero esa es otra historia. El asunto es que si estás en condiciones de pedir algo también tienes que estar en disposición de ofrecer algo. Ofrecerse a colaborar de algún modo en las muchas necesidades de esta sociedad, del mismo modo que hacen muchos sin pedir nada a cambio, es una buena manera de que yo al menos me crea que son diferentes y mejores que nosotros, sus mayores. Porque si las revoluciones no le incluyen en primer lugar a uno mismo no son revoluciones. Son solo vestirse diferente.