Adicciones
Desconozco si mi vecino de arriba va a tener un hijo tal y como me comentó o le han concedido ser sede de los Juegos Olímpicos y está construyendo la pista de bobsleigh. El trampolín de 90 metros ya lo construyó el año pasado. Mi rival me dice que tenga en cuenta que nosotros ya vinimos a este piso con los muebles del anterior y todo hecho y la gente en general “va poniendo poco a poco”. El poco a poco consiste en que lleva clavando clavos, metiendo tirafondos y martilleando escarpias desde hace tres años, indefectiblemente a la hora de la siesta. No solo es que sea un yonki de la marquetería es que además es un búho. Es majísimo mi vecino, ojo, su problema con el bricolaje no anula esto, pero cualquier día lo tendré que asesinar y me dolerá, por las salpicaduras. Porque seguro que subo a esa casa llena de chapa ocumen, brocas del dos, la radial, 600 kilos de tachuelas y le meto la black and decker a la altura de la nuez y pringo cualquier maravilla -una cajonera para la ropa del crío, unas baldas para cuando tenga 1 año, otras para cuando tenga 2, etc, una pasarela área de cocina a dormitorio, una cómoda que se convierte en helicóptero, el Empire State- que esté terminando de rematar, a hostia limpia con el martillo un sábado como hoy a las 4 y media de la tarde. Hace poco me lo encontré y me dijo que volvía del Leroy Merlín, que no había encontrado lo que buscaba. Es de esos. Yo la única que vez que fui a un sitio parecido, aparte de marearme, estuve a punto de preguntar a ver si ahí se podía encontrar también el sentido de la vida, de la de cosas que había. Seguro que estaba. Y barato. Él en cambio no localizó el tornillo preciso exacto concreto que había ido a buscar. Creo que es ese estado de frustración el que le hace clavar más, como yo fumo más cada vez que pienso que lo tengo que dejar. ¡Pero yo no fumo mientras estoy en la siesta!